Aníbal y el inicio de la guerra contra Roma

Fran Navarro | 28 mayo 2018

Asdrúbal, el general al mando de las tropas cartaginesas en la Península Ibérica, fue asesinado en 221 a.C. Le sucedió uno de los enemigos más famosos de la historia de Roma: Aníbal, cuyo arrojo y determinación a la cabeza de su ejército logró someter a la mayoría de pueblos en territorio peninsular. Pero le quedaba Sagunto, una ciudad con una buena ubicación defensiva, fortificada y, peor aún, aliada de Roma.

Empiezo a pillarle el gusto a esto de ofreceros un tema histórico a la vez que una reseña de libro. Creo que es la mejor opción para comentaros sucesos de la Antigüedad a partir de los puntos de vista de especialistas y autores, lo que enriquece mucho la perspectiva histórica y, por supuesto, impregna este blog con esa fragancia única a libro a nuevo.

Así que para este tema nos apoyamos en la reciente publicación de Javier Negrete, La conquista romana de Hispania, un libro de divulgación histórica acompañado por magistrales ilustraciones de Sandra Delgado. No se puede dudar de la narrativa de Javier Negrete, novelas de mucho éxito lo avalan, entre ellas algunas dedicadas a la Antigüedad como Señores del Olimpo, Alejandro Magno y las águilas de Roma, Salamina, La hija del Nilo o El espartano. Pero además de la ficción, como filólogo es un profundo conocedor del mundo clásico y también tiene en su haber ensayos como La gran aventura de los griegos, Roma victoriosa y Roma invicta, a los que se une esta obra para seguir completando una interesante “Historia Antigua según Negrete”.

No estamos ante un libro de historia con notas al pie de página ni nada de eso, es un libro para “antes de dormir”, como me gusta llamar a los que se leen bien gracias a esa facilidad narrativa que atesora el autor. Sin embargo, Javier Negrete no duda en citar obras y autores apoyando sus ideas y dando opción de ampliar conocimientos. Además, nos ofrece en su epílogo una selecta recomendación de obras acerca del tema que escribe. Se centra en los aspectos políticos y bélicos fundamentalmente (el título del libro no lleva a engaño, vaya), por lo que nos sirve como lectura para conocer la base del contexto sobre la que se mueve lo económico, social o cultural. Por ejemplo, no trata un tema tan sonado como la “romanización”, pero claro, tampoco escatima en aportar ideas y los “por qué” de la historia. Además, como ocurre al escribirnos sobre el Tratado del Ebro entre Cartago y Roma, no se para a analizar la problemática y el debate historiográfico que hay alrededor del acuerdo cuyo incumplimiento se supone casus belli para enfrentar de nuevo a ambas potencias, pero sí que te avisa de que esa problemática existe, por lo que, al menos, vamos advertidos.

Nosotros vamos a echarle un vistazo al capítulo dos: Aníbal y el origen de la Segunda Guerra Púnica. El temido caudillo cartaginés tomó el mando a los 26 años (esto en la Antigüedad ya es un tío hecho y derecho), con una experiencia importante en labores militares, ya que había estado encargado de la caballería y llevaba casi toda la vida rodeado por el ambiente bélico, desde que llegó a Iberia de la mano de su padre, Amílcar Barca, quien le hizo jurar odio eterno a Roma cuando era un niño. Es interesante la idea de vidas paralelas entre Alejandro Magno y Aníbal que nos quiere transmitir Javier Negrete en este capítulo. Por otro lado, un paralelismo usualmente buscado entre todos los grandes militares de la historia y Alejandro Magno, pero están, como poco, divertidas las comparaciones en cuanto al manejo de la caballería antes de tomar el mando, ser hijos de grandes estrategas o llevar la guerra al territorio del enemigo.

Como decíamos, a partir del 221 a.C., Aníbal luchó contra diversos pueblos peninsulares, derrotando a todos a su paso, configurando un imperio cartaginés en suelo ibérico, pertrechándose de grano, botín, prisioneros para ponerlos a trabajar en las minas y reclutando tropas. Todo ello ¿con la invasión de Italia en mente? También es un sugestivo debate. La cuestión es que no pasó mucho tiempo para ver cómo “quedaba en poder de los cartagineses todo lo que había al otro lado del Ebro, salvo los saguntinos”, según nos cuenta Tito Livio. “al otro lado del Ebro”, desde el punto de vista romano, obviamente es al sur del Ebro. Una frase un tanto exagerada por parte del historiador latino, más bien, como nos dice Negrete en su obra, Aníbal y los cartagineses tenían bajo control algunos pueblos, ciudades y, sobre todo, los puertos y minas que más interés tenían para los beneficios púnicos.

Y sí, como adelantábamos, los cartagineses tenían un grano molesto: Sagunto. En su momento era conocida como Arse y tenía un tratado de amistad con los romanos. Los saguntinos estaban dando la lata en territorios y a pueblos aliados de los cartagineses. Algo que a Roma no le disgustaba en absoluto, de hecho, quizás lo fomentaba. No era una situación nueva lo de meter cuñas en otras potencias del Mediterráneo.

Vamos al tema que te quema: en el 219 a.C. Aníbal decidió poner fin al cachondeo de Sagunto, y marchó con su ejército hacia la ciudad. Los cartagineses encontraron un enclave en altura y bien fortificado, por lo que la trifulca no tenía pinta de ser un veni vidi vici. Lo primero que hizo Aníbal fue aprovecharse de todos los campos que rodeaban la ciudad y luego arrasarlos, tomando provisiones para su ejército y dejando en el dique seco a los saguntinos, que tendrían que sufrir el asedio sin provisiones externas. La narración de la contienda es una delicia por parte de Negrete:

“Lo habitual en tales casos era tratar de acercar las máquinas al muro. Los operarios de Aníbal, protegidos por manteles de madera, apilaban tierra para levantar terraplenes y ganar altura en relación con la muralla. Sobre esos terraplenes, diseñados con un grado de inclinación practicable, empujaban los arietes o incluso elevadas torres de asedio. Las máquinas se cubrían con planchas de hierro o con pieles mojadas, con el fin de evitar que los proyectiles incendiarios de los defensores les prendieran fuego”. (página 51)

El autor tiene en cuenta muchos aspectos militares como la arquitectura idónea para estos menesteres, el material de las construcciones, la poliorcética y hasta la moral de los combatientes, diferenciando con gran atino lo que se jugaban cada una de las partes: mientras los cartagineses solo buscaban botín y someter una ciudad más, los saguntinos se jugaban su supervivencia y la de sus familias.

Aníbal no conseguía hacer mucho daño a la férrea defensa de los saguntinos, incluso resultó herido en un muslo por una lanza al acercarse demasiado a las murallas asediadas, pero la cosa tampoco pintaba muy bien para los saguntinos, era cuestión de tiempo. La esperanza de Sagunto estaba depositada en la ayuda de sus poderosos aliados romanos. Pero la potencia latina se limitó, en principio, a enviar una embajada para pedir a Aníbal que detuviera el asedio. Aníbal ni siquiera recibió a los romanos y siguió su labor militar.

El asedio se alargó durante meses, y la única salida propuesta por Aníbal a los saguntinos era entregar todas sus riquezas y las armas, debían salir con lo puesto y solo entonces se les perdonaría la vida. Perder las armas en la Antigüedad era como perder la condición de hombre. Peor aún, la condición de hombre libre. Las armas marcaban virilidad y estatus, por eso encontramos tantas armas enterradas con sus dueños fallecidos, normalmente dobladas, como forma ritual y asegurando que nadie más que su portador en vida podría volver a utilizarla. Los saguntinos prefirieron prenderles fuego a todas sus riquezas juntadas en el centro de la ciudad. Algunos incluso se arrojaron a las llamas antes de claudicar de manera deshonrosa. Otros se fueron a casa, donde les alcanzó el fuego, cuya actividad se fue extendiendo por la ciudad hasta derrumbar una torre, lo que permitió entrar a unos cartagineses con mucha rabia acumulada, pasando a cuchillo a los hombres que quedaban con vida y apresando a mujeres y niños con los que poder comerciar como esclavos.

Aníbal sacó un gran botín y aun mejor prestigio entre su ejército y en las instituciones cartaginesas. La ayuda de Roma nunca llegó a pesar de los meses que duró el asedio, prácticamente un año. Las causas, según nos cuenta Negrete en su libro, son dispares: los romanos estaban guerreando en Iliria; pasaron totalmente de Sagunto; querían una excusa para poder iniciar una guerra contra Cartago. Lo que sí sucedió es que, tras la toma de Sagunto por Aníbal, Roma formó un gran ejército y envió a sus dos cónsules con sus respectivas tropas a territorios que pudieran evitar la invasión de Italia por parte de Cartago. Tiberio Sempronio fue enviado a Sicilia y Publio Cornelio Escipión a Hispania. Tanto África, el norte de Italia, como el Mediterráneo occidental, se encontraban bajo la vigilancia romana, y estaban decididos a entrar en guerra.

Como ya acostumbraba Roma, envió otra embajada a Cartago, esta vez con personajes de más importancia, todos encabezados por Fabio Buteón. Éste pidió la entrega de Aníbal por haber roto el acuerdo que existía entre Roma y Cartago. La ciudad púnica argumentó que el tratado no decía nada sobre Sagunto, a lo que Buteón contestó agarrándose sus vestiduras: “aquí traigo la guerra y la paz. Elegid lo que queráis”. Cartago volvía a ser poderosa tras pagar la deuda que Roma le impuso al resultar vencedora de la Primera Guerra Púnica. Cartago no solo se había librado del pago a sus rivales vencedores, sino que se había beneficiado de una política imperial muy fructífera a lo largo de su periplo por la Península Ibérica. No querían otra humillación y se sentían fuertes con Aníbal a los mandos del ejército.

La elección fue la guerra.

Bibliografía

  • Javier Negrete: “La conquista romana de Hispania”. La Esfera, 2018

Fran Navarro

Sanlúcar de Barrameda. Historia en la Universidad de Sevilla. Fundador y director de Akrópolis: el proyecto de un joven seducido por los libros y la Antigüedad.

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