El Ara Pacis: arte y poder en la antigua Roma


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El Ara Pacis Augustae constituye uno de los monumentos más emblemáticos de la antigüedad romana. A la belleza de sus relieves en mármol de Carrara se suma el mensaje propagandístico que se deriva de los mismos, lo que confiere al altar un significado mayúsculo dentro del elaborado programa cultural por el que Augusto trató de legitimar su nuevo régimen, el Principado, y a sí mismo como cabeza tutelar de Roma.

El Ara Pacis fue inaugurado en el año 9 a. C., después de que el Senado de Roma propusiera su construcción con motivo de las recientes victorias del princeps en la Galia e Hispania. Consolidado definitivamente su poder y asentadas las estructuras del nuevo régimen que había sustituido a la República, Augusto se presentaba como el artífice de una nueva edad de oro (aetas aurea) fundada en la prosperidad, el bienestar y la paz; la Pax Augusta tan ansiada por los romanos después de las endémicas guerras civiles que habían sacudido Roma desde los tiempos de Mario y Sila.


Augusto y la Pax Romana

Octavio, hijo de un caballero romano, inició su carrera política gracias a sus vínculos con Julio César. Adoptado por éste, Octavio justificaría sus demandas como heredero del dictador romano. Tanto es así, que tras el asesinato de César en marzo del año 44 a. C., Octavio se propuso como meta primordial vengar la muerte de su padre adoptivo, dando comienzo a una conquista del poder en la que, progresivamente, irán desapareciendo los dramatis personae que habían sido protagonistas de la política romana en los años anteriores: primero los cesaricidas Casio y Bruto, que perecerían en la batalla de Filipos (42 a. C.); luego Sexto Pompeyo, hijo del gran rival de César; después Marco Antonio, mano derecha del dictador y principal obstáculo en la consecución del poder unipersonal que anhelaba Octavio; y finalmente Lépido, que a su muerte en el 13 a. C. dejará libre su cargo de pontifex maximus y el control, por tanto, de la religión oficial romana.

Entre los años que median desde el asesinato de César (44 a. C.) hasta la propuesta por parte del Senado de erigir el Ara Pacis, que coincide, además, con la muerte de Lépido (13 a. C.), Octavio se perfilará como un actor sumamente inteligente a la hora de lograr un poder autocrático. Con la firma del Segundo Triunvirato (43 a. C.) entre Octavio, Antonio y Lépido, se plantea como objetivo final devolver el orden al mundo romano y restaurar la República, devastada por décadas de guerra civil —“¿A qué dios llamaremos en auxilio del imperio caduco?”, cantaba Horacio en sus Odas (I, 2)—. Sin embargo, una vez derrotadas las fuerzas navales de Marco Antonio y Cleopatra en la batalla de Accio (31 a. C.), libre Octavio, por tanto, de cualquier rival, podía constatarse cómo el nuevo orden impuesto por el heredero de César se apuntalaba al precio de prescindir definitivamente de la legalidad republicana. El Principado se consolidó como un régimen político encabezado por un primus inter pares que, en realidad, adquiría categoría de monarca más que de primer ciudadano.

En el año 27 a. C., el Senado —cuya pérdida de poder, máxima en el régimen republicano, es ya evidente— otorga el título de Augustus y Princeps al invicto Octavio. Envuelto en un amplio campo semántico, el primero de estos títulos se relacionaba con un tipo de autoridad divina ligada al engrandecimiento del Imperio (Galinsky, K. 1996, 378; Res Gestae XXXIV). Respecto al segundo título, R. Syme (2011, 379-380) nos indica cómo “los estadistas más relevantes de la República habían sido llamados generalmente princeps en reconocimiento a la autoridad de su poder”, poder que se veía, pese a todo, con alguna que otra dosis de cautela, amenazando con adquirir la “fuerza y el significado de dominatus”, cuyo sentido hace referencia a un poder personal y de connotaciones dinásticas que la legalidad republicana no podía admitir.

De este modo, asumiendo los poderes que le otorgaban la potestad tribunicia —máxima autoridad de la administración política y civil—, el pontificado máximo —como ya hemos dicho, responsable de la religión oficial romana— y el imperium maius —jefe, imperator, de la totalidad del ejército romano—, Augusto adquiría prácticamente la categoría de rey, eludiendo, al mismo tiempo, la oposición enconada que tuvo Julio César por intentar algo similar. De hecho, el Principado es en realidad una monarquía velada por el manto de una aparente legalidad republicana. Augusto consiguió presentarse a ojos de la opinión pública como el que efectivamente había logrado restaurar los pilares desgastados sobre los que se había levantado la República Romana. La genialidad y astucia del flamante heredero de César estriba precisamente en aparentar una renovación del orden constitucional republicano cuando en realidad se estaba institucionalizando un régimen monárquico (cf. Marco Simón, F., Pina Polo, F. y Remesal Rodríguez, J. [eds.] 2002, 74).

El Ara Pacis y el siglo de oro

Consolidar y legitimar un nuevo régimen político que había surgido tras el enfrentamiento civil, la discordia y el derramamiento de sangre, no era tarea fácil. Augusto vio la necesidad de limpiar su imagen, ya que a nadie se le escapaba su papel en las proscripciones por las que habían sido ejecutados no pocos romanos contrarios al Triunvirato, como ejemplifica el caso de Cicerón, muerto por orden expresa de Antonio y con el consentimiento del ahora princeps victorioso.

La celebración de una fiesta secular a finales de mayo del año 17 a. C. marcó el inicio de una nueva etapa calificada como edad de oro. Se trataba de borrar del recuerdo los crímenes de las guerras civiles y el conflicto entre clases y élites políticas que desde hacía décadas sacudían el mundo romano. Virgilio, como tantos otros poetas al servicio del nuevo régimen político, se encargaría de anunciar el esperado saeculum aureum:

“Éste es, éste el que vienes oyendo tantas veces que te está prometido,

Augusto César, de divino origen, que fundará de nuevo la edad de oro

en los campos del Lacio en que Saturno reinó un día”. (Ene. VI, 790-793).

En este contexto, no puede eludirse el papel fundamental que jugó el programa de renovación cultural y el despliegue propagandístico llevado a cabo por el princeps y sus acólitos. Al servicio del nuevo régimen se emplearon las imágenes, la religión, el arte, la literatura y el programa edilicio que, como escribió Suetonio (Aug. 28-29), transformó a Roma de una ciudad de ladrillo en otra nueva de mármol. Todo ello tuvo como objetivo revalorizar las antiguas costumbres morales en oposición a las ideas provenientes de Oriente, y sobre todo, fortalecer la identificación de Augusto como un basileus soter, un rey mesiánico cuya adoración por medio del culto imperial pusiera fin a la glorificación competitiva y demagógica que los generales romanos habían venido realizando sobre sí mismos (Zanker, P. 1992, 19). A través de la propaganda, la autocracia, tan odiada por Roma desde la expulsión de los reyes en el siglo VI a. C., se justificaba entre las masas como la única garantía de no volver a las guerras civiles, la corrupción y el desorden moral.

¿Qué papel jugó el Ara Pacis en todo esto? Ubicado en el Campo de Marte y consagrado el 30 de enero del año 9 a. C., el altar dedicado a la Pax Augusta tiene sus orígenes cuando, en el año 13 a. C., el Senado decide honrar las victorias que el princeps había obtenido en Hispania y en la Galia. No es exagerado afirmar que el Ara Pacis constituye un ejemplo extraordinario del arte y la religión del periodo augustal: así lo corroboran sus espléndidos relieves en mármol blanco de Carrara, las escenas mitológicas y la ilustre representación de los colegios sacerdotales en sus frisos laterales.

Con el programa iconográfico de los relieves del Ara Pacis, Augusto buscó ligar su régimen político a los orígenes y valores tradicionales del pueblo romano. Uniendo el pasado mítico y el presente, el princeps creía dotar a Roma de la eternidad merecida. Por eso la Pax Augusta debe entenderse como el fundamento de la grandeza romana que pervive desde su fundación y a pesar de la crisis tardorrepublicana. “El ansia de paz constituye el rasgo de unión de todos los romanos”, escribe M. Le Glay (2001, 382). Haber alcanzado esa paz tras tantos años de sufrimiento, parece suficiente para considerar triunfal la carrera política de Augusto.

El Ara Pacis cuenta con dos entradas: la principal (oeste), por donde accedían los sacerdotes oficiantes, y la trasera (este), que servía de entrada a los animales destinados al sacrificio.

León alado

Figura 1. León alado (interior)

El altar propiamente dicho se encuentra rodeado por un recinto cuadrado sin techar y abierto en dos de sus lados. Su decoración interior se dispone a base de relieves en mal estado que nos dibujan escenas del sacrificio anual. En la parte superior del ara apreciamos volutas y leones alados (figura 1), piezas artísticas que nos sirven para presentar dos de los elementos permanentes en los relieves del monumento: la vegetación y la fauna, es decir, la naturaleza domada y símbolo de la abundancia y la prosperidad. Las paredes interiores que rodean el ara se hayan decoradas con motivos semejantes: en su parte superior observamos guirnaldas, cintas y bucráneos (figura 2); en la inferior, santuarios rústicos rodeados de una empalizada. La calavera bovina recuerda la importancia del sacrificio en la vida cotidiana romana, cuyo significado en el contexto de la religiosidad antigua debe entenderse como do ut des (te doy para que me des): propiciar algo valioso a una divinidad para que ésta recompensara adecuadamente a los oferentes, estableciéndose de esta manera una relación de amistad entre hombres y dioses que mantuviera la armonía cósmica establecida por los poderes sobrenaturales.

Bucráneo y guirnalda

Figura 2. Bucráneo y guirnaldas (interior)

Con respecto a su decoración exterior, quizá lo más llamativo, el Ara Pacis se divide en cuatro muros que, a su vez, cuentan con una división en dos frisos. En el inferior, de clara reminiscencia helenística, encontramos riquísimos relieves formando motivos vegetales que engloban hojas de acanto, zarcillos y flores. Por su parte, la fauna se haya representada por cisnes, salamandras, ranas, serpientes y algún otro arácnido peculiar, como el escorpión (figuras 3 y 4).

Cisne friso sur

Figura 3. Relieve de cisne, ave asociada al dios Apolo (friso inferior sur)

Escorpión en el friso este

Figura 4. Escorpión (friso inferior este)

La investigación actual alberga pocas dudas sobre el significado de este friso inferior: se pretendía plasmar el escenario paradisíaco y armónico entre dioses, hombres y naturaleza, un ambiente alejado del enfrentamiento civil al que había puesto fin el nuevo régimen político. Si el cisne se perfila como el ave asociada a Apolo, divinidad con la que Augusto mantendrá un vínculo especial, las serpientes, según J. Gómez Pallarès (2006, nº 28, 64-65), vendrían a guardar relación con una leyenda que se contaba sobre la fundación de Alejandría por el héroe más admirado del princeps, Alejandro Magno. Según parece, mientras el monarca macedonio procedía a la fundación de la ciudad en Egipto, se apareció una gran serpiente que fue sacrificada y a la que, a continuación, se la honró construyéndole un templo. Tras esto, surgieron de entre la tierra muchos de estos reptiles que fueron a refugiarse en las viviendas de la nueva ciudad, interpretándose el hecho como algo positivo. Estas serpientes, y aquí viene lo interesante, aparecen en la iconografía de Agatodaimon, divinidad asociada a la abundancia y a la protección de las cosechas. No es extraño que este reptil benéfico, ligado además a un personaje profundamente admirado y considerado modelo por Augusto, como fue el caudillo macedonio, tenga su hueco en los relieves del Ara Pacis.

El friso superior constituye lo más destacado del programa iconográfico. Es a través de sus escenas mitológicas donde se despliega todo el potencial artístico que servirá al princeps como propaganda política para consolidar los fundamentos del nuevo régimen. La representación de los héroes fundadores de Roma, Eneas y Rómulo, fundamentalmente, obedece al deseo expreso de Augusto por identificar su persona y su dinastía, la gens Iulia, con los orígenes míticos de la Ciudad.

En el panel derecho de la entrada principal (oeste), aparece retratado Eneas (figura 5). Siguiendo el mito (Virgilio, Ene. III, 390; VIII, 84), el héroe troyano es representado en su llegada al Lacio, donde fundará la ciudad para los refugiados de la guerra de Troya. Frente al templo de los Penates, divinidades del hogar, y ataviado a la antigua, Eneas realiza una ofrenda, ejemplificando así su característica piedad que habrá de imitar todo buen romano. De nuevo es Virgilio al que habremos de recurrir para cantar, en versos, cómo el difunto Héctor se aparece a Eneas, encargándole salvar los Penates de las llamas de Troya para mantener viva la tradición:

“Los objetos de culto y sus Penates Troya te los confía.

Hazlos de tu destino compañeros. Búscales el recinto, el gran recinto

que al cabo fundarás después de andar errante por el mar”. (Ene. II, 293-295).

Eneas

Figura 5. Eneas ofrendando a los dioses Penates en su llegada al Lacio (panel superior derecho oeste)

El panel izquierdo, más deteriorado, ofrecería una imagen del Lupercal, con la loba capitolina amamantando a Rómulo y Remo bajo la higuera sagrada. A sus lados, el pastor Faustulo y el dios Marte contemplarían la escena (figura 6).

Lupercal

Figura 6. Relieve del Lupercal (panel superior izquierdo oeste)

Los paneles de la parte oriental del Ara Pacis representan, por un lado, a Roma divinizada sentada sobre las armas entre el Senado y el pueblo romano (figura 7), y por otro, a una divinidad maternal identificada generalmente como Tellus, aunque por su iconografía podría relacionarse también con las diosas Pax, Venus o Ceres, en cualquier caso, divinidades vinculadas a la fecundidad y esplendor de la naturaleza. A sus lados se muestran las personificaciones (aura) de la brisa marina, que se representa sentada sobre un tritón, y la terrestre, volando en un cisne sobre juncos (figura 8). Tellus, como divinidad de la tierra, se presenta como la prosperidad, la paz y la abundancia traídas por Augusto como princeps benefactor del pueblo romano. La diosa viste al más puro estilo clásico, rodeada de frutas, espigas y flores. En su regazo aparecen dos niños, y bajo ella animales domésticos que idealizan la vida campestre. Muchos de estos elementos bucólicos nos describen el portentoso cuadro del saeculum aureum que anuncia la nueva era donde los dioses han hecho la paz con los hombres.

Roma friso este

Figura 7. Relieve de Roma (panel superior derecho este)

   A tenor de lo dicho, parece razonable pensar que la pietas se convirtiera así en pilar clave para el sustento del Principado: nada es más necesario que recuperar el herido y desvalorizado culto religioso a los dioses de Roma, al tiempo que se dejaban a un lado, e incluso prohibían, ciertos ritos orientales de carácter peligroso para el Estado romano (cf. Zanker, P. 1992, 137). Apoyado en las Antiquitates rerum divinarum, obra que M. Terencio Varrón dedicó a César y en donde se exponía el saber antiguo sobre la religión romana, se procedió a la renovación de ofrendas y ritos olvidados, la reconstrucción de las estatuas o la restauración y embellecimiento de los templos (publica magnificentia), aspecto documentado en Tito Livio (Hist. Rom. IV, 20, 7) u Ovidio, que escribe convencido de que bajo el mandato de Augusto “no sienten envejecimiento alguno los santuarios” (Fast. II, 61-62). Rehabilitados sus lugares de culto, los dioses no dudarían en recompensar a un pueblo devastado por las guerras civiles, otorgando a sus campos y sus gentes la “prosperidad y la abundancia maravillosa de la Edad de Oro” (Grimal, P. 1996, 124).

Tellus

Figura 8. Relieve de la diosa Tellus (panel superior izquierdo este)

En lo que respecta a los relieves laterales de los muros exteriores, aquellos en los que aparece representada la procesión del 4 de julio del año 13 a. C. , cuando Augusto regresó de sus campañas en la Galia e Hispania (Zarzalejos, M., Guiral, C. y San Nicolás, Mª. P., 2010, 412), diremos que nos encontramos ante una representación procesional considerada como un magnífico ejemplo de relieve histórico. Comprende no sólo diversos magistrados del pueblo romano y sus escoltas, los lictores, sino también los colegios sacerdotales y la propia familia imperial (figuras 9 y 10).

Friso procesional sur

Figura 9. Friso procesional sur (pinchar para ampliar)

Friso procesional norte

Figura 10. Friso procesional norte (pinchar para ampliar)

Augusto

Figura 11. Augusto, capite velato, como pontífice máximo (friso sur)

Pese a lo incompleto del relieve, el genio artífice de esta nueva aetas aurea, Augusto, aparece tallado en el friso sur como pontífice máximo rodeado de diversos sacerdotes (figura 11). Se advierte cómo algunos de ellos parecen hacer corrillo en torno al princeps, subrayando así la importancia innegable de Augusto sobre el resto de personajes retratados. A su derecha podemos ver a los flamines, sacerdotes caracterizados por sus gorros de cuero con punta de metal (apex) (figura 12). Detrás aparecen los primeros miembros de la familia imperial. Destaca, con la cabeza también cubierta (capite velato), el yerno del princeps y artífice de sus más grandes victorias militares, Marco Vipsanio Agripa (figura 13), junto a su esposa Julia la Mayor; entre ambos, su hijo Cayo César. A continuación se dejan ver Tiberio, hijo mayor de Livia, esposa de Augusto, Antonia la Menor con su hijo Germánico —padre del futuro emperador Calígula— y su esposo Druso, también hijo de Livia (figura 14). Finalmente, contemplamos a la sobrina de Augusto, Antonia la Mayor, junto a sus hijos Domicio —padre del futuro Nerón— y Domicia, cerrando el friso el esposo de Antonia, Lucio Domicio Ahenobarbo.

Flamen

Figura 12. Flamen con apex, su característico gorro (friso sur)

Entre los personajes retratados en el friso norte, siguen de izquierda a derecha otros miembros de la familia imperial, como Octavia y Livia, hermana y esposa, respectivamente, del princeps. Dos niños, Julia la Menor y Lucio César, hermano de Cayo y nieto también de Augusto, acompañan igualmente a la procesión. Delante de todos ellos, se deja ver el grupo de los colegios sacerdotales, como los quindecemviri, augures y septemviri (figura 15). La importancia dada al retrato de los sacerdotes en el ara tiene su explicación. Augusto puso especial énfasis en la reestructuración de estos colegios cuyo papel resultaba esencial, precisamente, a la hora de celebrar ritos, festividades y procesiones como la que narra el Ara Pacis. No en vano, ya se ha advertido cómo la devoción religiosa se contempló como elemento esencial que todo romano debía profesar en el nuevo régimen. Augusto hizo lo posible porque esto fuera así una vez proclamado pontifex maximus a la muerte de Lépido, quien poseía este cargo caracterizado por detentar la máxima autoridad religiosa. Investido como tal, y como nos indica Suetonio (Aug. 31, 4), el princeps se vio libre para restaurar «algunas de las antiguas instituciones religiosas que habían sido abolidas poco a poco», entre ellas la fiesta de las Lupercales o los juegos Seculares.

Agripa

Figura 13. Agripa, mano derecha de Augusto y uno de los militares más destacado de la antigüedad romana (friso sur)

Antonia la Menor y Druso

Figura 14. Antonia la Menor y Druso (friso sur)

La función del Ara Pacis se concretaba cada año en dos festividades: el día que conmemoraba su inauguración, 30 de enero, que además coincidía con el cumpleaños de Livia, esposa de Augusto, y el 30 de marzo, cuando se rendía culto a los dioses protectores de Roma. Una procesión encabezada por el princeps ofrecía en sacrificio una víctima. Ovidio recoge el modo en que debía realizarse el acto y la plegaria por la gens Iulia que entonces se pronunciaba: “Echad, sacerdotes, incienso en las llamas de la paz y que caiga una víctima blanca de un golpe en la frente, y rogad a los dioses que son asequibles a los deseos piadosos que la casa que propicia la paz viva por siempre en paz” (Fast. I, 719-722). Los magistrados y el conjunto de altos colegios sacerdotales, así como las vírgenes vestales, debían dirigir el sacrificio (Res Gestae 12).

Septenviri y lictores

Figura 15. Septemviri, en primer término, y lictores, al fondo (friso norte)

Paul Zanker, en su imprescindible estudio dedicado a la imagen augustal, nos indica cómo la procesión representada en el Ara Pacis constituye un ejemplo artístico en donde se señala la “homogeneidad y concordia” que debía caracterizar al nuevo régimen (1992, 154). Se trataba de proyectar, idealmente, lo necesario que resultaba la mera existencia de la dinastía naciente y su paterfamilias en activo, Augusto, de cuya genialidad se derivaba la paz y el bienestar del Estado que habrían de reinar eternamente en Roma. Aunque el emperador no era un dios en vida, sí se le consideraba un agente de la divinidad al que se encomendaba guiar el Estado romano. Sólo al morir se le divinizaba si efectivamente había cumplido con acierto su designio. Resulta así comprensible la función dada al obelisco de 30 metros traído de Egipto por el princeps y consagrado al Sol. Situado frente al Ara Pacis, no sólo señalaba con su sombra el paso del tiempo en un inmenso reloj solar (Solarium Augusti) formado por líneas y letras de bronce marcadas en el suelo, sino que el día de nacimiento de Augusto, la sombra se alargaba hacia la entrada del Ara Pacis, sugiriendo una evidente vinculación entre el Sol y el propio princeps.

Proyección de color sobre el friso inferior oeste del Ara Pacis

Figura 16. Proyección de los colores originales sobre el panel inferior oeste del Ara Pacis.

Para finalizar, cabe hacer un breve apunte sobre los colores del Ara Pacis. En este artículo hemos contado con la colaboración de Mercedes Mateos-C. March, quien ha realizado una extraordinaria reconstrucción virtual del altar, pudiendo observar, asimismo, el posible aspecto que tendría el Ara Pacis al restituirse la policromía que cubría el mármol. Sabemos que ciertos monumentos de la Antigüedad no se percibían como los vemos hoy en día, incoloros. Los análisis efectuados en el Ara Pacis permiten hacernos una idea sobre los colores que cubrían las paredes del monumento (figura 16).

S. Foresta (2011, 333) indica los resultados obtenidos por medio de la iluminación ultravioleta llevada a cabo en los muros del altar. Los restos de tonos verdes, azules, dorados y rojos en los relieves, junto a un estudio comparativo de los colores propios que se empleaban con mayor frecuencia en la pintura romana —en concreto los de la fase pompeyana del periodo augustal—, han facilitado recrear un Ara Pacis colorido que nos sorprende sin duda en la forma que contemplamos los monumentos clásicos del mundo grecorromano. El mensaje propagandístico de Augusto parece entenderse mejor cuando el altar aparece lleno de color: la inmutabilidad de sus tonos al paso de las estaciones es la viva imagen de la eterna primavera y la edad de oro que habían comenzado en Roma bajo el liderazgo del nuevo princeps invicto.

-Las infografías y reconstrucción 3D del Ara Pacis han sido realizadas por Mercedes Mateos-C. March.

-El resto de imágenes han sido escogidas de la web Reed Digital Collections/Ara Pacis Augustae (http://cdm.reed.edu/ara-pacis/contents.php).

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BIBLIOGRAFÍA

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3 Comentarios en “El Ara Pacis: arte y poder en la antigua Roma

  • Marisa B.

    Excelente descripción del Ara Pacis y preciosas reconstrucciones virtuales del monumento. Leyendo el artículo y viendo el vídeo con su música y la aparición de los colores se ha logrado una fuerza emotiva que me recuerda a los tiempos que viví en Roma. Todavía cuesta imaginar el Ara Pacis lleno de colores, ¿sentirían los romanos de aquellos tiempos la misma impresión si pudiesen ver hoy sus monumentos y estatuas sin color?
    Enhorabuena por la web y estos artículos tan completos y educativos.
    M. B.