Somos atenienses. Entramos en guerra. ¿Y ahora qué?

 

Fran Navarro | 25 julio 2019

Esta vez vamos a imaginar que somos un griego durante la época clásica. Puedes elegir vivir en el año que quieras siempre que esté dentro de los siglos V y IV a.C., en los que enmarcamos cronológicamente el período clásico de Grecia, pero todos vamos a ser atenienses. Lo siento si te gusta más otra polis, pero Atenas es la ciudad-estado más estudiada y que ha generado más fuentes y datos, así que tenemos que ser atenienses con el fin de aprender más. Seguimos concretando: no puedes escoger ser Pericles, todos querríamos ser alguien importante en la sociedad, pero la realidad es que la enorme mayoría seríamos simples agricultores, pastores (pobres currantes, vaya) o esclavos. Bien, somos atenienses pobres o de clase media en la época clásica (aunque nosotros no sabemos que se llama época clásica ni que estamos en el siglo V a.C. ¿quién demonios es Cristo?) y Atenas, nuestra ciudad-estado, entra en guerra. ¿Qué pasa ahora?

En nuestro contexto histórico no existen los ejércitos profesionales, con la excepción de nuestros vecinos los espartanos. Claro, si todo el trabajo manual y necesario para la subsistencia te lo hacen los esclavos, así cualquiera se dedica a entrenar e ir de sobrados por la vida. Pero nosotros no, los atenienses y el resto de polis sacamos el ejército con la población de la propia ciudad-estado. Somos los ciudadanos y los esclavos los que formamos el ejército que tendrá que buscar la victoria, de manera que población civil y militar aquí son lo mismo. Hay diferencias sociales, siempre las hay y, aunque la posición social en la que naces influye, es nuestra capacidad económica lo que nos situará en un cuerpo u otro del ejército.

El estado, Atenas, no suelta ni un mísero dracma para costear la panoplia de los combatientes. Si queremos proteger nuestro cuerpo y atacar con armas, las tenemos que pagar y aquí es donde entra la división. Los más pobres irán como remeros a los trirremes, allí recibirán una paga por un servicio durísimo en las condiciones fatales de una batalla en el mar, pero tenemos la mejor flota de la Hélade, así que un respeto a estos señores. Los ricos serían escogidos como oficiales, y podrían costearse un caballo además de su mantenimiento: si ya escasea la comida para nosotros, imagínate para alimentar a un caballo. Pero no pienses que estos caballeros nos miraban por encima del hombro y nos hacían sentir denostados, eso podía pasar en el ágora de Atenas y entre los puestos del mercado, pero en la batalla no. Aquí los griegos tenemos honor y nosotros, los que podemos pagarnos el armamento necesario para combatir a pie, somos los protagonistas del ejército. Combatir sobre un caballo, lejos del enemigo tirando flechas como ese cobarde de Paris cuando clavó su flecha en el talón de Aquiles o lanzando jabalinas como algunos peltastas mercenarios que alguna vez he visto contratados por Atenas, no está bien visto y es cosa de hombres sin agallas. Así que los arqueros y la caballería se utilizan poco en la guerra. El cuerpo principal y clave en la batalla es el que formaremos nosotros: los hoplitas.

El momento de la guerra se va acercando. ¿Qué tenemos que comprar? Necesitamos una espada (xiphos en nuestro idioma), una lanza (dory), y con bronces nos harán la coraza, unas grebas, el casco y un gran escudo redondo (aspis o también llamado hoplon, por el que se nos hace llamar hoplitas. Aunque parece ser que hoplon haría referencia a toda la armadura). Y es que el escudo es clave en nuestra formación en falange: líneas compactas formadas por unidades pesadas (nosotros los hoplitas) y con nuestro escudo protegeremos la mitad de nuestro cuerpo y la mitad del cuerpo del compañero a nuestro lado. Así que asegúrate que las dos empuñadoras del escudo están bien sujetas. Deberemos mantener firme el brazo introducido por el brazal del centro del escudo, y aferrar con la mano el otro brazal del ribete, así defenderemos la vida de nuestro compañero y la nuestra propia. Y si tienes esclavos o puedes comprarlos, también te los llevas a la guerra, para que te asistan durante las treguas y luchen contigo durante la contienda.

A la guerra se va en verano, porque es el mejor tiempo para navegar si tenemos que ir lejos y, sobre todo, porque es cuando el campo no reclama toda nuestra atención. Nuestro entrenamiento no será el mejor, ni podremos compararnos a esos obstinados espartanos, pero antes de irnos a la guerra hemos recogido la cosecha de cereales para mantener a nuestras familias que nos esperarán a la vuelta, hasta que llegue septiembre u octubre (según el clima que tengamos este año) y tendremos que ocuparnos de la vendimia. La guerra, tristemente, es algo habitual, por eso tenemos tanta cerámica con motivos bélicos, monumentos funerarios, la decoración en los templos y los discursos políticos siempre están impregnados de guerra. Nuestros escudos también solemos pintarlos con símbolos apotropaicos (que nos protejan del mal) y religiosos, como la cabeza de Medusa o el caballo alada Pegaso. Pero últimamente están comentando que sería mejor llevar todos el mismo símbolo, como hacen los espartanos, que llevan pintada la letra lambda (Λ, la “L” de Lacedemonia), y así podremos identificarnos mejor en la batalla y nos da un carácter más homogéneo.

No sabemos bien por qué tenemos que luchar contra gente que ahora son enemigos y mañana quizás sean aliados. Aquí el honor y el respeto son excusa suficiente para ir a matar a alguien. Pero antes de partir tenemos que consultar el oráculo y estar atentos a los augurios, una mala interpretación o hacer caso omiso de los mensajes que nos mandan los dioses puede dar al traste con nuestra expedición militar y nuestra querida Atenas caería en desgracia. Si finalmente marchamos a la batalla, saldremos con la comida racionada para mes y medio o dos meses como mucho. Así que no nos queda otra que saquear todo a nuestro paso si la guerra se alarga (y si no también). Arrasamos con todo lo que podemos y destruimos todo lo que no nos podemos llevar, la sumisión total del enemigo es el objetivo, para tenerlo bajo la dependencia política y económica de nuestra polis, Atenas.

El miedo nos acompaña a todos mezclado con la camaradería, no podemos dejar que nos venza ya que de nosotros depende la defensa de nuestras familias y posesiones. En caso de derrota, mucha suerte sería morir en el acto. Lo normal es morir desangrados o por la infección del corte por la espada o la lanza del enemigo. O, peor aún, ser capturados y vendidos como esclavos. En caso de victoria, el botín de guerra traerá riqueza a nuestra ciudad-estado, y seremos nosotros quienes saquemos el dinero vendiendo a los enemigos como esclavos. Arriba el ánimo, compañeros, la batalla está a punto de empezar.

Bibliografía

  • Gonzalo Ollero de Landáburu: Breve historia de la vida cotidiana de la Grecia Clásica, Nowtilus, 2019.
  • Donald Kagan y Gregory F. Viggiano (ed.): Hombres de bronce. Hoplitas en la Antigua Grecia, Desperta Ferro, 2017.

Fran Navarro

Sanlúcar de Barrameda. Historia en la Universidad de Sevilla. Fundador y director de Akrópolis: el proyecto de un joven seducido por los libros y la Antigüedad.

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