Cartago conquista Iberia


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CONSECUENCIAS DE LA PRIMERA GUERRA PÚNICA (264-241 A.C.)

La república de Roma se había hecho con el control de toda la península itálica, al igual que Cartago expandía su hegemonía por el Mediterráneo. El encontronazo en Sicilia dejó mal parada a la potencia africana, que perdió Sicilia, Córcega y Cerdeña, y vio reducido su ámbito comercial, limitado ahora al Mediterráneo meridional. Se inició así el Programa Bárquida: una idea de conquista que Amílcar, de la familia militar de los Barca, logró hacer aprobar en el senado cartaginés.

El programa trataba de crear un imperio occidental, no solo limitado a la costa, sino abarcando todo un territorio que mostraba magníficas posibilidades económicas en su suelo y subsuelo, por ello se pretendió la explotación sistemática de Iberia, en beneficio del estado púnico. Iberia o como la llamaban los fenicios I-sepha-im, de donde proviene la palabra latina Hispania, que dará nombre a España. Pero por ahora debemos tener en mente siempre a la Península Ibérica, no solo el territorio que ocupa actualmente España.

En definitiva: para reponerse de las pérdidas que le supuso la guerra contra Roma, Cartago recurrió a la conquista directa del único territorio sobre el que podía intervenir sin chocar con Roma, para asegurarse el abastecimiento y control de las materias primas.

AMÍLCAR

Amílcar Barca, junto con su yerno Asdrúbal, que iba al mando de la flota, y su hijo de nueve años, Aníbal, desembarcaron en la ciudad de Gadir en el 237 a.C. Gadir es el nombre fenicio que recibía la actual ciudad de Cádiz, a la que los romanos llamaron Gades. Desde esta base, Amílcar comenzó la conquista del valle del Guadalquivir, el territorio que ocupaban por entonces los turdetanos. El general cartaginés consiguió, a base de campañas militares y una exitosa labor diplomática, ganarse las ciudades del Bajo Betis, hasta llegar a la zona que le interesaba: la costa oriental, a la que acabó sometiendo consiguiendo la salida al Mediterráneo.

Esta conquista se vio refrendada con la fundación de una base militar y centro administrativo para los púnicos: Akra Leuke. Es el nombre que leemos en Diodoro, por tanto, es su nombre griego, desconocemos cual fue su nombre púnico y, aunque la investigación moderna suele situarla en Alicante, a decir verdad, no tenemos ninguna referencia que lo afirme. A partir de aquí, el caudillo cartaginés se dedicó a someter a las tribus vecinas de la costa y el interior, hasta que en el 229 a.C., en el curso de estas campañas perdió la vida, concretamente durante el asedio de Helike, siendo atacado por el rey Orisón, que acudió en ayuda de los sitiados.

ASDRÚBAL

Las tropas de Iberia y el gobierno de Cartago estuvieron de acuerdo en nombrar strategós al yerno del general Amílcar: Asdrúbal “El Bello”.

Entre las fuentes destacan Polibio, y nos cuentan que Asdrúbal dio un giro en la política llevada a cabo por los púnicos en la Península. Cesó el choque entre armas, y procuró fortalecer el dominio púnico mediante la diplomacia. Intentó ganarse la amistad con los reyezuelos ibéricos e incluso tomó en matrimonio a la hija de uno de ellos. Una labor cuyo éxito se refleja en el nombramiento como strategós autokrátor por parte de los iberos, es decir, general con plenos poderes. Sin embargo, todavía tendría un acierto por el que Asdrúbal será más recordado: sustituyó Akra Leuke por una nueva fundación, trasladando la base cartaginesa al magnífico puerto de Cartagena, emplazamiento que recibió el nombre de Qart Hadashat, que significa “Ciudad Nueva”, cuya traducción en las fuentes latinas nos ha llegado como Carthago Nova.

Ante esta situación tan favorable para Cartago, Roma hace acto de presencia. Al parecer, poco tiempo después de la llegada de Amílcar a la Península, los romanos ya habían enviado una embajada a interesarse por la llegada del púnico y conocer sus intereses. Pero sin llegar a concretar nada, fue la colonia griega de Massalía (actual Marsella) la que instigó a los romanos a actuar contra el latente peligro cartaginés. Estos griegos se habían visto amenazados ante la competencia que Cartago suponía con su presencia en las costas levantinas de Iberia. Por tanto, en el 226 a.C. se produjo un encuentro entre Asdrúbal y una embajada romana, de cuya reunión se concretó el “Tratado del Ebro”, por el cual los cartagineses no podrían expandirse más allá de la línea que marcaba el río. Polibio relata las negociaciones mencionando el río Íber, que los autores latinos llamarían Hiberus. Es común por ello pensar que se trata del Ebro, pero hay que ponerlo en duda y pensar en una opción más al sur. Por tanto, podríamos estar hablando del Júcar, o más probablemente del Segura.

ANÍBAL

A pesar de su éxito diplomático, Asdrúbal fue asesinado por un esclavo celta en el 221 a.C. Aníbal, el hijo de Amílcar, fue proclamado por las tropas, y ratificado por el gobierno de Cartago.

Bajo el mandato de este caudillo, la política cartaginesa retomó la vía de las armas, y no solo en la zona del Levante, sino penetrando en el interior de Iberia. Aníbal emprendió campañas bélicas llegando hasta la tierra de los vacceos, en el valle del Duero, tomando las ciudades de Helmantiké (Salamanca) y Arbucala (Toro). Desconocemos los propósitos reales de estas contiendas tan alejadas del radio de acción púnico, pero se dan teorías como la intervención en busca de botín; la captación de mercenarios; el entrenamiento de sus tropas en vista de futuras campañas; o el interés en crear un colchón que asegurase el territorio que los cartagineses tenían efectivamente controlado.

Su siguiente objetivo sería la ciudad de Sagunto, dando inicio para entonces a la Segunda Guerra Púnica.

CARACTERES DEL DOMINIO BÁRQUIDA

LA EXPLOTACIÓN ECONÓMICA

La presencia cartaginesa en la Península anterior a la Primera Guerra Púnica difiere mucho del dominio ejercido más tarde por la familia Barca. Amílcar desembarcó en Iberia con propósitos muchos más ambiciosos, con la intención de aprovechar las fuentes de riqueza peninsulares mediante un dominio estable.

Destaca la plata, con minas en la región de Cartagena y de Cástulo, de cuya explotación Polibio cuenta que reportaba a Aníbal trescientas libras de metal diarias de una sola mina, la llamada Baebelo. Pero no solo con la minería se conseguían metales preciosos, sino que se imponían tributos a los pueblos sometidos, y se saqueaban ciudades como las mencionadas Helmantiké y Arbucala. Además de sanear la economía del estado cartaginés, permitió financiar ejércitos de mercenarios y los sobornos de poblaciones. La explotación también alcanzó otros metales como el hierro y el cobre; por supuesto la ganadería, y siguiendo con la tradición mercantil, las factorías de las costas hispanas tuvieron entonces un nuevo auge, con numerosas instalaciones dedicadas a las conservas y salazón de pescado, con la fabricación del preciado garumAdemás, no podemos dejar de lado los recursos humanos que proporcionaba Iberia como mano de obra esclava, y para engrosar las filas militares como mercenarios.

ORGANIZACIÓN ADMINISTRATIVA

Esta explotación tuvo que recibir una organización con algún tipo de administración que suponemos semejante a la que existía en los dominios africanos de Cartago. Se darían divisiones del territorio, los pagi, en número y extensión desconocidos.

Sí sabemos algo más del componente religioso utilizado como instrumento ideológico para legitimar la política imperialista de Cartago. El culto a Hércules-Melqart, con numerosas representaciones del dios de Tiro, recibió un gran respeto por parte de los caudillos púnicos, testimoniado por la importancia que tuvo el santuario de Hércules-Melqart de Gadir.

BIBLIOGRAFÍA:

  • BARCELÓ, P. y FERRER, J. J.: Historia de la Hispania romana. Alianza, Madrid, 2011.
  • BLÁZQUEZ, J. M. et al.: Historia de España antigua. Tomo II: Hispania romana. Cátedra, Madrid, 1988.

Acerca de Fran Navarro

Fran Navarro (Sanlúcar de Barrameda, 13 de febrero de 1992). Estudia el grado de Historia en la Universidad de Sevilla y lo pone en práctica en este blog. Akrópolis es el proyecto de un joven seducido por las letras, los libros y la Antigüedad que nace con la intención de acumular síntesis de los distintos períodos que componen la Historia Antigua con la doble vertiente de la difusión y el propio aprendizaje del autor.

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