Los orígenes del cristianismo (I)


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La mitificación de la figura histórica de Jesús de Nazaret, nos obliga a intentar arrojar algo de luz sobre algunos aspectos relativos al cristianismo que, acríticamente, se han venido asumiendo desde hace dos mil años. En las líneas que siguen a continuación, trataremos, sine ira et studio, desde una perspectiva histórica y científica, una mera aproximación a un tema de enorme complejidad como son los orígenes del cristianismo. Los orígenes, en plural, ya que son varios los puntos de arranque a los que habremos de prestar atención, como igualmente podríamos hablar también de cristianismos, refiriéndonos a los grupos que surgen en el siglo I d. C. —ebionitas, marcionitas, docetas, etc.— que luego serán derrotados por el triunfante ideario de Pablo de Tarso.

Junto a una introducción al marco histórico en el que se desarrollan los orígenes de la primitiva comunidad judeo-creyente —término más correcto que el de judeocristiano; judío era Jesús y judíos sus primeros seguidores—, dividiremos el artículo en dos partes: una primera dedicada a analizar y desmitificar la figura de Jesús de Nazaret, y una segunda —que se publicará en los próximos días— enfocada a la evolución ideológica que sufre su mensaje tras su muerte.

Israel y el judaísmo en el siglo I d. C.

Como primer paso, debemos viajar al territorio palestino de comienzos del siglo I d. C., cuyas tierras se hallaban bajo la órbita de influencia romana. Desde una óptica histórica, entendiendo las circunstancias socioeconómicas y de pluralismo religioso que se daba en aquel entorno oriental, podremos comprender mejor la predicación de Jesús de Nazaret, sus ideas-base y la posterior evolución ideológica.

La región palestina de comienzos del siglo I d. C. mantenía un estatus semiindependiente bajo la expansión romana. En la época de Jesús de Nazaret, Israel estaba dirigido por la dinastía herodiana, vasalla de Roma. Tras la muerte en el año 4 a. C. de quien fue artífice del Segundo Templo jerosolimitano, Herodes el Grande, uno de sus hijos, Herodes Antipas, llevará hasta el año 39 d. C. los destinos de las regiones de Perea y Galilea; ésta última lugar de nacimiento de Jesús. Palestina constituía un espacio geográfico regido por una economía esencialmente agraria (Flavio Josefo, Cont. Apio., 1, 60).  Como indica S. Ben-Ami (Piñero, 1995, 26), su población —fuertemente dividida entre una minoría rica cercana al poder romano y una amplia masa empobrecida— tenía como fundamento de su vida social, política y religiosa el respeto y obediencia a la Ley (Torah), que no excluía diferentes interpretaciones. Consecuencia de esto último, fue el surgimiento de diversos grupos ideológicos dentro del judaísmo más practicante. Destacan los saduceos, agolpados en torno al Templo de Jerusalén, que se caracterizaban por su conservadurismo, su filiación a las clases altas y su amistad con Roma; los fariseos, defensores a ultranza de la Ley judía, abogaban por el enfrentamiento con los romanos aunque sin alcanzar un elevado grado de extremismo; los esenios, definidos, entre otros aspectos, por su peculiar vida comunitaria ajena al mundo urbano, a la propiedad privada o a la acumulación de riquezas; y los zelotas, cercanos al fariseísmo pero radicales en su idea de oponerse violentamente a Roma con el fin de propiciar la venida de Yahvé y la restauración teocrática del nuevo Israel.

Palestina en tiempos de Jesús

Palestina a comienzos del siglo I d.C. (Fuente)

El mesianismo era una cosmovisión sustancial que impregnaba la mentalidad de los hebreos durante esta época. El Imperio Romano era visto como el enemigo máximo de la nación elegida por Dios, cuyas promesas desvelaban el surgimiento de un mundo nuevo, el reino de Dios, que se creía muy próximo. Pese a la amplia autonomía que gozaron las instituciones judías, como el Sanedrín, la actitud brutal y arrogante de algunos procuradores romanos —Poncio Pilato (26-36 d. C.) es un caso ejemplar— jugó un papel esencial en el aumento de la agitación popular en Palestina, cuya población anhelaba el fin de los tiempos. Con los años, fueron produciéndose una serie de rebeliones y enfrentamientos con el orden romano que terminarían desembocando en la Gran Revuelta de los años 66-70 d. C., cuando el emperador Tito culminaría la represión contra los rebeldes destruyendo el Templo de Jerusalén.

Es en este contexto mesiánico donde ha de situarse la figura histórica de Jesús de Nazaret, un judío más que anuncia la llegada inmediata del fin de los tiempos, del reino de Dios, prédica que no hace extensiva a los paganos o gentiles, sino “a las ovejas perdidas de la casa de Israel” (Mt 15, 24), a quienes incumbe el arrepentimiento total y el cumplimiento absoluto de la Ley mosaica.

Segundo Templo de Jerusalén, construido en época de Herodes el Grande (s. I a.C.)

Maqueta del Segundo Templo de Jerusalén, construido por Herodes el Grande, siglo I a. C. (Museo de Israel, Jerusalén)

¿Quién fue Jesús de Nazaret?

Ahora bien, ¿quién fue el Nazareno? A día de hoy, su existencia histórica no parece albergar dudas entre los máximos especialistas, sean o no creyentes (cf. Puente Ojea, 2008, 2; Piñero, 2011, 152 ss). Sin embargo, los datos verídicos que poseemos sobre su figura son francamente escasos.

Las fuentes primarias que mencionan a Jesús de Nazaret desde el punto de vista de la historiografía no cristiana (Flavio Josefo, el Talmud, Tácito, Plinio el Joven, Suetonio o Dión Casio, entre otros) despuntan por su laconismo. Los evangelios apócrifos —exceptuando quizá alguno como el Evangelio de Tomás o el Papiro Egerton 2 (Piñero, 2011, 166)—, por su elaboración tardía a partir del año 150 d. C. y lo evidente de su literatura inverosímil y legendaria, apenas nos ofrecen información valiosa respecto a la vida del Nazareno. Finalmente, desde la perspectiva de la fuente Q y los evangelios canónicos (Marcos, Mateo, Lucas y Juan, aunque éste último sea un caso aparte por su alegorismo), redactados por manos anónimas en la segunda mitad del siglo I d. C. y principios del siglo II d. C., las contradicciones y tendencias compositivas que muestran no pueden hacernos olvidar que estos escritos son “testimonios de una fe, obras por tanto de propaganda religiosa” (Piñero, 2011, 155). Por poner algún ejemplo respecto a las contradicciones que encontramos en los evangelios canónicos, véase el trato dado a determinados periodos de la vida de Jesús. Más allá de lo inverosímil y legendario de sus milagros, análogos a las historias contadas de otros personajes del mundo antiguo, constatamos que su genealogía o el lugar de nacimiento del Nazareno difieren en los diferentes textos (Mt 1,1-17; Lc 3,23-38), o que episodios de renombre narrados en Mateo, como la adoración de los magos, son desconocidos por Lucas. Si a ello sumamos los numerosos errores históricos que contienen sus páginas —el censo universal ordenado por Augusto en tiempos de Herodes el Grande o la inexistente matanza de los inocentes (Mt 2,1-18)—, podemos afirmar que los evangelios canónicos constituyen una fuente a la que habremos de acercarnos con no pocas dosis de escepticismo.

Así las cosas, ¿qué sabemos, pues, con certeza de la vida de Jesús de Nazaret? Que nació en esta localidad y no en Belén parece algo seguro —el cambio introducido con posterioridad induce a pensar que se escogió Belén por motivos teológicos, justificándose así las pretensiones mesiánicas del personaje acorde ciertos pasajes del AT relacionados con David (Mc 12,35-37)—. También parece claro que su nacimiento debió ocurrir antes de la muerte de Herodes el Grande (4 a.C.), fecha luego retrasada por Dionisio el Exiguo a mediados del siglo VI. Por supuesto, está comprobado que en lo que respecta a la fecha de nacimiento, el 25 de diciembre, se hizo coincidir en época tardía (siglo IV) con la festividad romana del Sol invictus, aludiendo al renacimiento solar en el marco del solsticio de invierno.

Mosaico de Cristo como el Sol invictus o Apolo-Helios, s. III o IV d.C. (Mausoleo M, Basílica de S. Pedro, Vaticano)

Mosaico de Cristo como el Sol invictus o Apolo-Helios, siglo III o IV d. C. (Mausoleo M, Basílica de San Pedro, Vaticano)

Nacido en una familia judía cuya lengua debió ser el arameo galilaico —aunque es seguro que Jesús comprendiera también el hebreo, lengua culta, desconocemos si conocía o no el griego, lengua internacional y de la administración— el Nazareno podría haber ejercido, a imitación de su padre, el oficio de carpintero. Sin duda habría asistido a la escuela y adquirido los conocimientos imprescindibles en lo relativo a las Escrituras. No se tienen noticias fiables de que fuera discípulo de Juan Bautista; aunque todo indica que sí, lo innegable es que parece haber recibido el bautizo por parte de este predicador, una figura, por cierto, asimismo mesiánica que animaba al pueblo judío a prepararse para el fin inminente de los tiempos, de ahí su parecida descripción con Jesús en ciertos pasajes de los evangelios canónicos (Mc 6,14-15; Lc 1,76; Jn 1,20).

En una Galilea rural, donde era notoria la ausencia de paganos, pronto comenzó el Nazareno a predicar por cuenta propia acompañado de un discreto grupo de doce discípulos —que representaban las doce tribus de Israel (Mc 3,13-19)—. Sin alejarse un ápice de la tradición judía, considerando la Ley y su cumplimiento como el único medio de salvación posible, Jesús vertebró el núcleo de su mensaje en torno a un acontecimiento inminente: el fin de los tiempos y la venida del reino de Dios. Un reino, sin embargo, del que el Nazareno no da detalles explícitos, dejando de lado su definición concreta. Esto nos llevaría a pensar que, en cierto modo, el reino de Dios se trataría de un ideal empleado con naturalidad por la comunidad hebrea a la que se dirige el Nazareno, un concepto que no resultaba novedoso en el marco histórico de su predicación (Lc 1,51-55). En resumidas cuentas, y no exento de contradicciones, el significado del reino de Dios vendría a ser el siguiente: los judíos —no los gentiles, llamados “perros” por Jesús (Mc 7,27; Mt 15,26)— debían prepararse para la caída del Imperio Romano, de cuyas cenizas resurgiría un nuevo Israel en el que Dios repartiría justicia. La llegada del reino de Dios habría de ocurrir no tanto por el enfrentamiento directo y organizado contra Roma, sino por propia voluntad divina ante el arrepentimiento del pueblo judío. Aquellos que no aceptaran el mensaje —un mensaje profundamente nacionalista, tal y como se advierte de nuevo en Mt 10,5-6: “No toméis las rutas de los paganos ni entréis en poblados de samaritanos; dirigíos más bien a las ovejas perdidas de la casa de Israel”—, estarían irremediablemente perdidos y condenados.

Pese a que los Evangelios presentan a Jesús discutiendo airadamente con los fariseos, el celo con el que el Nazareno interpretaba la Ley y estas mismas disputas en el ámbito del grupo farisaico —como algo absolutamente normal en aquella época, los fariseos se caracterizaban por enfrentar ardorosamente sus ideas entre sí—, hacen que podamos definir a Jesús precisamente como un fariseo radical. En cuanto a su mesianismo, no hay duda de que el Nazareno se consideró a sí mismo como un intermediario entre Dios y los hombres, un “Hijo de Dios” no en sentido físico, sino como mensajero divino que diera a conocer al pueblo hebreo el inminente fin de los tiempos y su esperada liberación político-religiosa. Sin embargo, no será sino a partir de la entrada triunfal en Jerusalén cuando Jesús se presente ante los judíos con pretensiones claramente mesiánicas (Mc 11).

Como puede intuirse, la prédica del Nazareno no tuvo éxito entre toda la población hebrea. Además, las ideas expuestas conllevaban ciertos riesgos para la estabilidad política de la región. No es de extrañar que el mismo Jesús fuera consciente del final que podría aguardarle si se le denunciaba como un rebelde político. La Última Cena ha de enmarcarse en este contexto: se trataría de un banquete simbólico con sus discípulos antes del fin de los tiempos (Mt 26,29) y no, en la posterior interpretación paulina, la “institución de un acto cultual conmemorativo” (Piñero, 2011, 215).

Papiro P52 (Evangelio Juan), c. 125-s. II d.C. Biblioteca John Rylands, Manchester, Reino Unido.

Papiro P52 con fragmento del Evangelio de Juan, c. 125-160 d. C. (Biblioteca John Rylands, Manchester, Reino Unido)

Una vez que el Nazareno es traicionado por Judas Iscariote, comienza el último capítulo de su vida: su arresto y posterior ejecución en la cruz. ¿Qué podemos decir de todo esto? J. Peláez nos recuerda que no fueron los romanos, sino los dirigentes judíos quienes iniciaron la acusación ante el Sanedrín (Mc 14,53-65; Piñero, 1995, 246 ss). Éstos consideraban al Nazareno un cabecilla de los zelotas, blasfemo y transgresor de ciertas normas incuestionables para el judaísmo más ortodoxo. Retratada por los Evangelios, esta condena por motivos religiosos fue simiente de un futuro y prolongado antijudaísmo que llega hasta nuestros días: la culpa de la crucifixión de Jesús de Nazaret no recae en Roma, sino en los hebreos.

No obstante, existe una segunda hipótesis más certera a la hora de valorar históricamente los motivos de la ejecución del Nazareno. El procurador Poncio Pilato no habría ordenado la crucifixión de Jesús por sus creencias religiosas —si Roma se caracterizaba por algo era por su tolerancia hacia los cultos extranjeros, el panteón romano estaba lleno de divinidades que iban adaptándose en el proceso de expansión imperial—, sino que el mesianismo de Jesús habría servido de excusa a romanos y saduceos para señalar la actuación de un rebelde contra el orden establecido (Tácito, An. 15,44). El mensaje de Jesús, aun de manera indirecta, se consideraba potencialmente peligroso si calaba en la población y provocaba una revuelta popular de consecuencias impredecibles. Por tanto, su ejecución en torno a los años 28-30 d. C., vino dictada, lisa y llanamente, por motivos políticos, tal y como se refleja en la inscripción grabada en la cruz: “rey de los judíos” (Mc 15,26), que advertiría contra todo intento de sublevación dirigida a conseguir la independencia política del territorio hebreo respecto a Roma.

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En esta primera parte dedicada a los orígenes del cristianismo, hemos procurado realizar una aproximación a la vida de un personaje histórico y puramente humano como fue Jesús de Nazaret. En la segunda parte trataremos de sintetizar cómo se produce la sorprendente evolución ideológica que transforma el mensaje mesiánico y eminentemente judío que predica el Nazareno en otro completamente ajeno a sus fundamentos religiosos.

BIBLIOGRAFÍA

—PIÑERO, A. Guía para entender el Nuevo Testamento, Madrid, Trotta, 2011.

Guía para entender a Pablo de Tarso, Madrid, Trotta, 2015.

—«Notas críticas a la presentación usual hoy del Reino de Dios según Jesús de Nazaret», ʼIlu. Revista de Ciencias de las Religiones (2012, v. 17), pp. 119-147.

—PIÑERO, A. (ed.) Orígenes del cristianismo. Antecedentes y primeros pasos, Córdoba, El Almendro, 1995.

—PUENTE OJEA, G. Ideología e Historia. La formación del cristianismo como fenómeno ideológico, Madrid, Siglo XXI, 1976.

La existencia histórica de Jesús en las fuentes cristianas y su contexto judío, Madrid, Siglo XXI, 2008.

—El mito de Cristo, Madrid, Siglo XXI, 2013.

—TREBOLLE, J. La Biblia judía y la Biblia cristiana. Introducción a la historia de la Biblia, Madrid, Trotta, 2013.

            —La edición bíblica empleada ha sido la Biblia de Jerusalén (Edición Manual), Bilbao, Desclée de Brouwer, 2009.


Acerca de Gonzalo Jauralde

Gonzalo Jauralde Lafont (Madrid, 1986). Graduado en Geografía e Historia (UNED). Interesado en cualquier época histórica, se muestra especialmente atraído por la Antigüedad Clásica, los pueblos prerromanos ibéricos y aquellos aspectos relacionados con la religiosidad, cultura y mentalidad del mediterráneo antiguo. Amante de los libros, en octubre de 2016 inauguró la Librería El Cisne Negro en San Lorenzo de El Escorial, especializada en temática histórica. Asimismo, es autor de obras como Augusto. Príncipe de Roma (2015) y Sincretismo religioso en el norte de Hispania. Romanos, astures y cántabros (2016). Twitter: @gjauralde


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