Los orígenes del cristianismo (II)


Share Button

En la anterior entrada nos detuvimos en el análisis de la figura histórica de Jesús de Nazaret. Pudimos comprobar, resumidamente, en qué consistió el núcleo de su mensaje y las causas por las que el procurador romano Poncio Pilato lo condenó a morir en la cruz.

En esta segunda parte trataremos de realizar una breve síntesis que nos ayude a entender en qué consistió la tergiversación del mensaje predicado por el Nazareno. A partir de su muerte, el mensaje mesiánico, sustentado en la tradición judía y el respeto y obediencia a la Ley mosaica, verá su transformación no sólo por parte de sus inmediatos seguidores, sino, sobre todo, por la elaborada teología de Pablo de Tarso.

Del Jesús de la historia al Cristo de la fe: claves de una evolución ideológica

Como fenómeno religioso sincrético y según las acertadas palabras de Antonio Piñero (1995, 10), el cristianismo sería un “enorme lago al que fueron a desembocar diversas corrientes”. No sólo es palpable en esta nova religio la influencia del Antiguo Testamento, sino también la de ciertas religiones mistéricas —su propuesta de salvación se asemeja notablemente a la que ofrecía el culto a Mitra, por ejemplo—, el gnosticismo, el dualismo platónico o la religión irania, que en su extensión por Grecia durante el Helenismo, dejó ciertas huellas perfectamente observables en el judaísmo, como el combate de dos Espíritus que se disputan el poder en el mundo. Asistimos así, como no podía ser de otra forma, a una asimilación y reelaboración de temas e ideas —el episodio de la adoración de los magos narrado en el Nuevo Testamento, por ejemplo, sería una reelaboración de la historia veterotestamentaria del adivino Balaán (Nm 22 ss)— que afectan, inevitablemente, a todo fenómeno, en este caso religioso, que perdura en el tiempo. O para decirlo con palabras de G. Puente Ojea: cualquiera de los sistemas ideológicos que logran “prolongarse históricamente con un cierto grado de vigencia están sujetos a un continuo proceso de transformación en su contenido y en su función” (1976, 75). El cristianismo, como otros sistemas religiosos anteriores a él, no escapa a este hecho, y menos aún durante la época en que inicia su consolidación, desde comienzos del siglo I hasta el siglo III d. C., periodo en que las enseñanzas filosóficas cumplían una función exegética, comentando e interpretando textos escritos (cf. Trebolle, 2013, 127).

Si algo parece claro es que Jesús de Nazaret no pretendió fundar iglesia ni religión alguna. Para el Nazareno el fin del mundo era inminente: sólo cabía el arrepentimiento, aguardar la venida de Dios y ver restituida la justicia en un nuevo Israel. La muerte inesperada de Jesús echó por tierra las esperanzas mesiánicas de sus seguidores, momento en que la historia bien pudiera haberse olvidado para siempre del Nazareno y su prédica. Sin embargo, algo hará diferente a éste predicador de los otros muchos habidos hasta la fecha: la tergiversación de su mensaje judío y puramente mesiánico por otro en el que Jesús es renombrado como un Cristo celeste. Ya no se pone en el centro de atención el reino de Dios y la liberación político-religiosa de Israel, sino la creencia en un mesías resucitado que había muerto por los pecados de toda la humanidad. Ya no se requiere el enfrentamiento con Roma, sino la paz y amistad que harán posible el establecimiento progresivo de una iglesia cristiana que poco a poco tenderá a institucionalizarse in saecula saeculorum.

Papiro 46

Papiro 46, folio con fragmento de una epístola de Pablo de Tarso, c. 175-225 d. C. (Colección de Papiros de la Universidad de Michigan, EEUU).

La transformación del mensaje del Nazareno puede ir apreciándose en los años posteriores a su muerte. Las comunidades primitivas que se formaron tras su crucifixión se dividieron en Jerusalén en dos ramas cuyos idearios pronto entrarían en conflicto. Por un lado, los judeo-creyentes o hebreos, que aunque ya participaban de un concepto mesiánico ajeno al judaísmo —un mesías ajusticiado que muere y luego resucita, convirtiéndose así el hombre en un ser cuasi divino—, seguían enclavados aún en la tradición judía; su dirigente indiscutible hasta mediados o finales de los años 50 d. C. fue Santiago, llamado el Justo por sus prácticas piadosas. Por otro lado los helenistas, judíos de la Diáspora y de habla griega, críticos ya con la Ley judía y el Templo; su cabeza más visible era Esteban, quien inició una nueva interpretación del mensaje de Jesús, invocándolo como “Señor” (Kýrios) y considerando su figura como un ser de naturaleza divina que muere por los pecados de todos los seres humanos. Es de éste último grupo, expulsado de Jerusalén por las autoridades religiosas de la ciudad (Hch 8,1-2), de donde emerge la iglesia de Antioquía, primer gran salto en la ruptura con el judaísmo de la comunidad jerosolimitana, que se despoja de la ley mosaica y abre los brazos a la conversión de gentiles. Es aquí donde podemos empezar a hablar, con mayor rigor, del nacimiento del cristianismo, que en palabras de Jesús Peláez, “supone la superación de la humanidad en bloques antagónicos y el final del privilegio de Israel” (Piñero, 1995, 275). Y es aquí, además, donde entra en escena la figura excepcional y “convertida” de Pablo de Tarso, que si en un primer momento persiguió con dureza las ideas del círculo de Esteban, como él mismo confiesa (Flp 3,6; Gál 1,13) —aunque, ¿podría haberse tratado de otra iglesia y no la helenista de Jerusalén? (cf. Piñero, 2015, 38 ss)—, terminaría siendo el mayor impulsor del nuevo Cristo de la fe.

Conforme a su “revelación de Jesucristo” (Gál 1,12), Pablo creía que su evangelio era el único verdadero (Gál 1,7). En sus epístolas, las siete auténticamente salidas de su pluma, apenas menciona ya el reino de Dios, y cuando lo hace (como en 1 Tes 2,12), su sentido ha variado tanto respecto al expresado por Jesús que ahora indica una perspectiva universalista completamente novedosa: el Nazareno murió para redimir a todos los hombres, sean judíos o gentiles, que acepten su buena nueva. La figura humana de Jesús se convierte en un ser divino que ofrece la salvación acorde los principios de las religiones mistéricas, tan en boga por aquellas fechas. Pablo elabora una teología que se articula, por un lado, sobre una antropología influenciada por el gnosticismo y el platonismo —el ser humano se divide en cuerpo, alma y espíritu, contraponiendo así al hombre terrenal con el espiritual capaz de comprender la auténtica sabiduría encerrada en el “misterio de Cristo”—, y por otro lado, sobre un dualismo en el que se oponen la luz de Cristo y la oscuridad representada por Satanás (cf. Piñero, 1995, 430 ss): el Bien terminará triunfando sobre un Mal no permanente.

Sintetizando lo máximo posible, podemos afirmar que el judaísmo de Jesús y su proclamación de la inminente llegada del reino de Dios a la tierra de Israel quedó en el olvido para dar paso al surgimiento de la idea de un Cristo universal, el cual muere para redimir a todos los hombres de sus pecados. La figura del Nazareno, rebelde contra el orden romano, nada tiene que ver con el Cristo pacífico, amoroso y bondadoso perfilado en los años sucesivos. No es descabellado señalar la cercanía de Jesús de Nazaret con el movimiento zelota, aquel que como ya indicamos más arriba, defendía la violencia abierta contra el Imperio Romano. No sólo refuerza esta afirmación el que entre los discípulos de Jesús se encontraran Simón el Zelota o Judas Iscariote —siendo quizá ho Iskariōtēs una corrupción morfológica de ho sikarios, identificándose así con el uso de la sicca (espada corta) por los zelotas (Puente Ojea, 2013, 26)—, sino que además, en los evangelios más antiguos de la tradición sinóptica, la fuente Q y Marcos, no aparece ninguna condena de la violencia, encontrándonos con escenas del tipo de la “purificación” del Templo (Mc 11,15-18) y afirmaciones que incitan a tomar por la fuerza el reino de Dios (Lc 16,16), así como las siguientes advertencias: “No penséis que he venido a traer paz a la tierra. No he venido a traer paz, sino espada” (Mt 10,34), y “…el que no tenga [espada], que venda su manto y se compre una espada” (Lc 22,36).

Ahora bien, no hay que caer por ello en modas actuales que tienden a descontextualizar los textos antiguos calificando a Jesús de Nazaret como un “revolucionario” poco menos que precursor del socialismo. Nada más lejos de la realidad: Jesús nunca pretendió la reforma social, no le interesaban lo más mínimo los problemas sociales, políticos y económicos de su tiempo, porque éste era un tiempo condenado a extinguirse. De ahí que la ética proclamada por el Nazareno fuera una ética de urgencia, extrema, imposible de cumplir y por ello mismo enfocada a los últimos momentos previos a la llegada del reino de Dios (Piñero, 2011, 183; Puente Ojea, 2008, 54). La teocracia venidera invalidaba los pilares sociales sobre los que se sustentaba el orden romano, por eso Jesús predica contra la propiedad privada, el matrimonio o los vínculos familiares, contra las autoridades romanas, la gente adinerada o los judíos colaboracionistas; no por afán de reformas sociales, sino por la firme creencia en la proximidad del fin de los tiempos, tras los cuales, Dios habrá de repartir justicia y bienes materiales para todos.

Mitra matando al toro, s. II d.C. (Museo Británico)

Mitra matando al toro, siglo II d. C. (Museo Británico, Londres). La huella de ciertas religiones mistéricas, como el mitraísmo, es perceptible en el pensamiento paulino.

La inminencia del reino de Dios, insistimos, es un punto clave a la hora de comprender todo el mensaje de Jesús, y aún más, de señalar porqué el Nazareno ni estableció sacramentos —la eucaristía y bautizo, por otro lado, pueden identificarse con el culto a Osiris del antiguo Egipto o las religiones mistéricas que pululaban por entonces en el Imperio Romano (Puente Ojea, 2013, 60)— ni fundó ni pretendió fundar iglesia alguna, como puede intuirse a través de ciertos versículos de los evangelios sinópticos (Mt 26,29; Lc 22,18).

La noción de un mesías resucitado parece desconocida en la tradición judía. Los Apóstoles, por su firme monoteísmo, no podían creer que Jesús fuera un ser divino. Por ello, el mesianismo que escenifica un mensajero de Dios que sufre y muere en la cruz no encaja con las ideas propias del judaísmo de su época. Como escribe A. Piñero, un mesianismo “doliente, combinado con la función de juez final, no fue el del Jesús histórico, sino el concebido por sus seguidores tras su muerte” (Piñero, 2011, 213; cf. Puente Ojea, 2008, 27).

Una vez que el Nazareno es condenado por Pilato, no sucediendo nada de lo previsto por Él y sus seguidores —la liberación político-religiosa de Israel y el fin del Imperio Romano—, se hace necesario transformar el mensaje de rebelión total contra Roma por el de sumisión y aceptación del orden establecido. Este conformismo y defensa de la autoridad romana por parte de Pablo de Tarso, alcanzan su máxima expresión en la más importante y última de sus cartas llegada hasta nosotros, la Epístola a los Romanos, compuesta en Corinto hacia el año 58 d. C. En ella leemos: “Que todos se sometan a las autoridades establecidas, pues no hay autoridad que no provenga de Dios, y las que existen, por Dios han sido constituidas. De modo que, quien se opone a la autoridad, se resiste al orden divino, y los que se resisten se están buscando ellos el castigo” (13,1-7; cf. Piñero, 2015, 508 ss). Se advierte aquí un giro completo en la postura adoptada con respecto a la autoridad romana: Jesús proclamaba la rebelión, al menos la desobediencia; Pablo clama por la aceptación y defensa del orden constituido. ¿Existe cierto pragmatismo en esta epístola que muchos estudiosos consideran el testamento paulino? Lo cierto es que podría pensarse en la necesidad de organizar a los seguidores de Jesús de Nazaret ante un mundo amplio y abierto como es el imperio de Roma, donde el particularismo de Israel y las promesas de restauración teocrática en un ámbito puramente hebreo ya no parecen relevantes.

Efectivamente, pronto llegaría la institucionalización de la iglesia cristiana, a finales del siglo I d. C., y no mucho después, a mediados de la segunda centuria, la creación del canon neotestamentario. Comienza así la consolidación del poder eclesiástico, el triunfo de la Iglesia que alcanzará una importancia indudable sobre todo a partir del emperador Teodosio, quien en el año 380 d. C. decreta el Edicto de Tesalónica, convirtiéndose el cristianismo en la religión oficial del Imperio Romano.

*

En esta brevísima aproximación a los orígenes del cristianismo dividida en dos partes, se han tratado de exponer algunos puntos clave para entender la figura de Jesús de Nazaret y el proceso de evolución ideológica que sufre su persona y su mensaje mesiánico. En algunos aspectos nos hemos detenido con mayor detenimiento, otros han sido referidos de pasada; sin duda múltiples temas se han quedado sin tocar. En lo sucesivo, habrá tiempo de profundizar más en algunos de ellos. Quedémonos, por ahora, con esta síntesis introductoria.

 

BIBLIOGRAFÍA

—PIÑERO, A. Guía para entender el Nuevo Testamento, Madrid, Trotta, 2011.

Guía para entender a Pablo de Tarso, Madrid, Trotta, 2015.

—«Notas críticas a la presentación usual hoy del Reino de Dios según Jesús de Nazaret», ʼIlu. Revista de Ciencias de las Religiones (2012, v. 17), pp. 119-147.

—PIÑERO, A. (ed.) Orígenes del cristianismo. Antecedentes y primeros pasos, Córdoba, El Almendro, 1995.

—PUENTE OJEA, G. Ideología e Historia. La formación del cristianismo como fenómeno ideológico, Madrid, Siglo XXI, 1976.

La existencia histórica de Jesús en las fuentes cristianas y su contexto judío, Madrid, Siglo XXI, 2008.

—El mito de Cristo, Madrid, Siglo XXI, 2013.

—TREBOLLE, J. La Biblia judía y la Biblia cristiana. Introducción a la historia de la Biblia, Madrid, Trotta, 2013.

—La edición bíblica empleada ha sido la Biblia de Jerusalén (Edición Manual), Bilbao, Desclée de Brouwer, 2009.


Acerca de Gonzalo Jauralde

Gonzalo Jauralde Lafont (Madrid, 1986). Graduado en Geografía e Historia (UNED). Interesado en cualquier época histórica, se muestra especialmente atraído por la Antigüedad Clásica, los pueblos prerromanos ibéricos y aquellos aspectos relacionados con la religiosidad, cultura y mentalidad del mediterráneo antiguo. Amante de los libros, en octubre de 2016 inauguró la Librería El Cisne Negro en San Lorenzo de El Escorial, especializada en temática histórica. Asimismo, es autor de obras como Augusto. Príncipe de Roma (2015) y Sincretismo religioso en el norte de Hispania. Romanos, astures y cántabros (2016). Twitter: @gjauralde

Dejar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.