Mircea Eliade: “El mito del eterno retorno”


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La obra de Mircea Eliade encara el estudio de un rasgo característico de las sociedades tradicionales o arcaicas: su rebelión contra el tiempo concreto, su nostalgia de un retorno periódico al tiempo magno; el tiempo mítico de los orígenes. Aunque siempre ayudan unos conocimientos previos, El mito del eterno retorno puede estar dedicado perfectamente al público no especializado, con un contenido abreviado, evitando tecnicismos que se escapen del entendimiento más común y llamando la atención del lector sobre las posibilidades espirituales que son instructivas para el conocimiento y la historia del ser humano.

El autor aborda las concepciones del ser y de la realidad en las mentalidades antiguas, quienes tomaban como ser real elementos cuya realidad va en función de la repetición o imitación de un arquetipo celeste. Ciudades, templos o casas forman parte de la realidad dependiendo del simbolismo que los transforma en centros del mundo. En este caso, también los rituales y actos profanos significativos los entendían como reales porque repetían hechos planteados ab origine por dioses, héroes o antepasados. Es así por lo que la tierra reproduciría lo que ordena el cielo o en palabras de Eliade: “todo territorio que se ocupa con el fin de habitarlo o de utilizarlo como espacio vital es previamente transformado  de caos en cosmos, por efecto del ritual se le confiere una forma que lo convierte en real, y por tanto sagrado”. Es un tema que me ha permitido ampliar mi perspectiva sobre las fundaciones de ciudades y el carácter sacro que conlleva.

No menos importante en el eterno retorno ideológico es la presencia del centro. Una montaña sagrada, como el Gólgota, que aúna cielo y tierra, un templo o palacio en una ciudad sagrada dispuesta a su alrededor, similar a Babilonia, cuyo nombre ya hace referencia a una “puerta de los dioses” (Bab-ilani), un axis mundi en el que confluye un encuentro entre cielo, tierra e infierno. Se piensa en la creación del mundo en cada fundación mediante rituales que tienen un modelo divino. “Debemos hacer lo que los dioses hicieron al principio” sería la idea a captar para entender las mentalidades arcaicas para las que toda acción está dotada de un sentido preciso, incluso las acciones más profanas según nuestra mentalidad actual: caza, pesca, agricultura, sexualidad, etc. Eliade trata este tema de arquetipos de las actividades “profanas” de forma apartada en un intento de aclarar el susodicho pensamiento en una sociedad mucho más desacralizada como en la que vivimos actualmente. Y es que hay un pensamiento que la mentalidad arcaica sostenía respecto a todos los actos de la vida cotidiana, los cuales han sido revelados ab origine por dioses o héroes. A esto le sirve de estribo la memoria del pueblo, que se encarga de transformar la poca historia recordada en mito.

La regeneración del tiempo o la estrecha unión que puede haber entre la desdicha y la historia, son otros de los temas tratados en el libro. Para el autor no importa el orden del calendario, “lo esencial es que en todas partes existe una concepción del fin y del comienzo de un período temporal, fundado en la observación de los ritmos biocósmicos”. Repasa la recreación simbólica de la creación en distintas culturas, cómo del caos se pasa al cosmos. Y nos alecciona sobre la normalidad del sufrimiento para los arcaicos, quienes no concebían este sufrimiento sin un error ante la divinidad suprema. En este juego entrarían expresiones como el karma, para poder dar una base y explicación al sufrimiento con el fin de volverlo positivo y hacerlo más llevadero.

La historia era considerada una teofanía, así los acontecimientos históricos tenían su significación religiosa, con castigos del Señor por las impiedades cometidas en forma de teofanías negativas como la ira de Yahvé. La historia contiene dos modos de apreciarse en el Gran tiempo, uno primitivo; con un tiempo cíclico infinito, y otro moderno, con un tiempo finito, aunque cíclico también, donde la Edad de Oro siempre se coloca al principio reafirmando que cualquier tiempo pasado nos parece mejor.

En esta supervivencia del eterno retorno, ¿cómo soporta el hombre la historia? “por su situación misma en un ciclo cósmico, que incumbe al hombre cierto destino histórico” en palabras de Mircea Eliade. Incluso la historia contemporánea en su totalidad tiene un destino (generalmente negativo), pero un ejemplo arcaico sería Roma y su terror a un fin inminente, que a su vez contaba con el mito arcaico de la eterna regeneración anual del cosmos por medio de su eterna recreación por el soberano o por el sacerdote.

Será el cristianismo quien acabe con esta idea, superando los viejos temas de la eterna repetición mediante la experiencia religiosa de la fe y la del valor de la personalidad humana. Sirvan de ejemplo las palabras de San Agustín en las que “sólo Dios decidirá poner fin a la historia y solo su ciudad es eterna”.


Acerca de Fran Navarro

Fran Navarro (Sanlúcar de Barrameda, 13 de febrero de 1992). Estudia el grado de Historia en la Universidad de Sevilla y lo pone en práctica en este blog. Akrópolis es el proyecto de un joven seducido por las letras, los libros y la Antigüedad que nace con la intención de acumular síntesis de los distintos períodos que componen la Historia Antigua con la doble vertiente de la difusión y el propio aprendizaje del autor.

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