Carlos García Gual: “Epicuro”


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Trasladémonos a la Atenas de finales del siglo IV a. C., concretamente al barrio de Melite. En este lugar se encontraba un discreto huerto alejado del bullicio mercantil: el Jardín de Epicuro. En aquel rincón bajo un parral verde intenso donde se erigían algunos árboles y en primavera el olor de las flores servía de fragancia ambiental, hombres, mujeres y esclavos conversaban juntos por primera vez sobre cuestiones filosóficas al tiempo que disfrutaban de los sencillos placeres de la vida: comidas frugales y lecturas tranquilas en busca de la serenidad y el buen vivir cuando el mundo greco-oriental aún padecía las profundas transformaciones que sucedieron a la Guerra del Peloponeso, un conflicto traumático que había finalizado en el año 404 a. C. con la hegemonía ateniense e impulsado, años después y tras el fugaz protagonismo de espartanos y tebanos, el auge de Macedonia como gran potencia oriental bajo el mando de Alejandro Magno.

El despliegue de un imperio nuevo y el descubrimiento de inmensas tierras en un lejano oriente que la gran mayoría de la población sólo conocía por medio de leyendas confusas y en buena parte inverosímiles, trajo algunas consecuencias que harían cambiar el mundo griego para siempre. Entre ellas, la crisis de la democracia y desaparición del ideal social por el que se organizaron las ciudades-estado helénicas, que abrió las puertas a un creciente individualismo característico de algunas de las más importantes escuelas filosóficas del helenismo, entre ellas el epicureísmo.

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Carlos García Gual, filólogo clásico y reconocido helenista en nuestro país, es autor de uno de los mejores y más accesibles estudios dedicados al pensamiento epicúreo. Conciso, riguroso en su utilización de las fuentes primarias y elegante en su estilo literario, García Gual consigue con su libro Epicuro —publicado por Alianza en 1981 y reimpreso con posterioridad— poner de relieve la importancia del epicureísmo como filosofía sucesora de los grandes centros de saber antiguos —la Academia platónica y el Liceo aristotélico—, buscando respuestas a las inquietudes propias de su época no tanto en la pregunta metafísica esencial —¿por qué existe el ser y no la nada?— que plantearon los primeros pensadores jónicos, sino en el cómo vivir serenamente y alcanzar la sabiduría aquí y ahora. Estoicos, cínicos, cirenaicos o epicúreos proporcionaron a su manera diversos enfoques de la realidad y distintas formas de afrontar los problemas cotidianos del ser humano en un mundo confuso y, por primera vez, globalizado con la expansión de los ejércitos de Alejandro desde el Mediterráneo hasta la mítica India.

Epicuro, protagonista de este estupendo libro que reseñamos, constituye uno de los personajes de la antigua Grecia más incomprendidos y calumniados por sus aportaciones filosóficas. Sin embargo, la revalorización que lleva a cabo García Gual nos presenta al filósofo de Samos como autor de un “hedonismo domesticado, razonado y razonable” (p. 193), amante de la sensatez y la justa medida, tan querida siempre —al menos en teoría— por los griegos y en absoluto relacionada con el libertinaje y el exceso que tan ligeramente caricaturizó la posteridad.

García Gual nos acompaña por las principales tesis del epicureísmo partiendo de dos premisas: por un lado, constatando el desconocimiento que tenemos de la obra del pensador griego, perdida o destruida en su gran parte; por otro lado, señalando la necesidad de realizar una correcta contextualización histórica, esencial para entender al personaje y su papel en el escenario griego de los siglos IV y III a. C.

Epicuro llegó a Atenas hacia el año 323 a. C., fecha de la muerte de Alejandro Magno en Babilonia. El monarca macedonio había impulsado una campaña de conquista de Oriente cuya expansión en detrimento del poder persa favoreció la asunción, por parte de los griegos, de nuevas ideas y formas de entender la realidad y el mundo circundante:

“La eclosión del helenismo trajo consigo una nueva sensación de convivir en un espacio ilimitado, donde las relaciones eran mucho más laxas que en el marco concreto de la ciudad nativa” (p. 22).

Ello va a tener un reflejo importante en el pensamiento epicúreo: desaparecida, o al menos diluida la pertenencia a una ciudad-estado reducida cuya base era la autosuficiencia (autarkeia), Epicuro reivindicará precisamente un alejamiento de la vida política viviendo oculto a los ojos de las multitudes —en clara oposición al animal cívico de Aristóteles o al animal social de los estoicos—. De ello se infiere un cierto rechazo de la paideia griega, oponiéndose a la tradición y educación de las élites aristocráticas basada en la competitividad homérica. Sin embargo, Epicuro no llevará al extremo esta postura, manteniendo distancia respecto a los cínicos, que irán mucho más allá con su absoluto desprecio de todo lo social. El filósofo del Jardín no sólo recomienda participar en los ritos de la ciudad, sino evitar cualquier confrontación directa con el poder establecido: Epicuro no trata de revolucionar el orden social o aislarse en una insensibilidad ascética, sino mantener la prudente distancia con lo civilizado para que el sabio pueda alcanzar la serenidad y tranquilidad de espíritu ajeno a cualquier manipulación colectiva. Encontramos así una defensa de la ley y el contrato social que evita cualquier intento de presentar a Epicuro como un asceta o impulsor de la vuelta al estado primitivo.

Busto de Epicuro (Museo de Pérgamo, Berlín)

Partiendo de la influencia ejercida por maestros como Pánfilo, Nausífanes o algunos discípulos del Liceo aristotélico, Epicuro propone un “arte de vivir” que debe desembocar en la plenitud anímica y ausencia de perturbación (ataraxia) que, curiosamente, sería propia de los dioses, seres a los que el filósofo reconoce su existencia, aunque advierte su nula influencia en el mundo de los hombres. Los dioses no se preocupan del mundo terrenal, por lo que es absurdo realizarles plegarias o temer su ira. El sabio se recoge en sí mismo sin necesidad perder la conexión con el mundo exterior, manteniendo distancia con las opiniones corrientes y labrando su propio camino, alejado del mundanal ruido y participando del festín de placeres que ofrece una vida sencilla opuesta tanto a la ascética como al libertinaje.

Conseguir la serenidad de espíritu es, para Epicuro, consecuencia del conocimiento de la realidad. Entender los mecanismos por los que se rige la naturaleza —su doctrina atómica, por la cual existirían sólo los átomos y el vacío, niega cualquier sentido trascendente— aleja los temores, miedos e inquietudes propios de quienes no saben o no quieren saber. Nos hallamos así ante una visión utilitaria de la ciencia: el fin no es el conocimiento en sí, sino conocer como medio para poder vivir bien y libres de miedos infundados. O como lo expresa García Gual:

“[…] conocer las causas reales de las cosas, que libera al estudioso de los fantasmas irracionales de las creencias angustiosas y de las esperanzas sin fundamento” (p. 61).

Efectivamente, el mundo de Epicuro es inmanente: negando la inmortalidad del alma, el cuerpo, una vez agotados los átomos que lo componen, muere sin temor a ningún más allá. Precisamente una de las aportaciones más famosas del pensamiento epicúreo consiste en desterrar la idea trágica del morir, ya que “nadie siente o vive su muerte” (p. 185). O como lo dicta el propio Epicuro en una de sus máximas más célebres: la muerte no es nada para nosotros porque “[…] mientras nosotros existimos no está presente y, cuando está presente, ya no estamos nosotros”.

Desterrados el temor a los dioses y el miedo a la muerte, el sabio hará lo posible por alcanzar la felicidad en la vida terrena con los instrumentos que tenga a su alcance, fundamentalmente evitando todo aquello que conduzca al dolor y perturbe nuestra serenidad de ánimo. Por lo tanto, Epicuro no vacilará en presentar el placer como fin de la existencia humana, y más que los placeres corporales, el filósofo hará especial hincapié en potenciar los placeres intelectuales como aquellos que más nos aproximan al estado de ataraxia. Se trata no de buscar el placer inmediato —y aquí Epicuro se distancia de la escuela cirenaica, semejante a los postulados de su pensamiento—, sino el placer prolongado, por lo que el desenfreno sensual adquiere no pocas connotaciones negativas. Epicuro no duda en advertir de lo inoportuno que resulta cualquier placer inmediato que más tarde nos proporcionará dolor o perturbación anímica, resultando de ello una filosofía práctica claramente moderada y en deuda con la concepción clásica griega de que la virtud está en el término medio.

García Gual explica esta búsqueda del placer corporal y anímico en los siguientes términos:

“El bienestar del cuerpo es básico para la serenidad y el gozo del alma. El filósofo reduce sus necesidades al mínimo, pero no las anula” (p. 201).

“En Epicuro el mal físico, el dolor corpóreo, está visto como una deficiencia, una falta o carencia (endeia), como algo ajeno al organismo, y por tanto el estado placentero es lo natural, lo propio […]. En cuanto al pesar del alma, está producido por perturbaciones y falsas concepciones causadas por opiniones y creencias vagas, vanas e irracionales, que la prudencia y la filosofía consiguen pronto extirpar” (p. 165).

Por otra parte, hay algo que produce un inmenso placer al sabio: una buena amistad. Como ocurría con el conocimiento científico, la amistad también va a ser analizada por Epicuro desde un punto de vista utilitario: proporciona al sabio buena compañía para sí mismo al tiempo que permite consolidar, desde el libre compromiso, una comunidad que será la base del Jardín: hombres, mujeres, esclavos, más allá de la clase social a la que pertenezca cada individuo, cualquiera tiene cabida en la escuela epicúrea.

Epicuro en “La Escuela de Atenas”, de Rafael (Museos Vaticanos)

Hay, por último, un aspecto importante en la sabiduría de Epicuro que no puede dejarse de lado. García Gual señala hacia el final de su ensayo que el filósofo del Jardín inauguró la imagen de un sabio humano, realizable, en contra de las exigencias dictadas por otras escuelas filosóficas como la estoica —cuyo ideal de sabiduría habría de ser la imperturbabilidad completa, la insensibilidad hacia toda contrariedad y revés del destino, soportando cualquier dolor y suplicio— o la cínica —en donde el rechazo a la propiedad y cualquier tipo de vínculo social haría del desprecio de lo terrenal su forma de ser—.

El libro Epicuro, de García Gual, reivindica así un camino filosófico auténticamente humano y práctico, donde por un lado se arrinconan las grandes y enrevesadas preguntas metafísicas y, por otro, se señala la posibilidad de alcanzar la serenidad aquí y ahora sin recurrir a métodos extravagantes o imposibles de realizar dentro de las limitaciones propias del ser humano.

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  • García Gual, C. Epicuro.
  • Madrid, Alianza, 2013 / Bolsillo / ISBN: 978-84-206-7884-9.
  • 352 páginas.
  • PVP: 11,20 €

Acerca de Gonzalo Jauralde

Gonzalo Jauralde Lafont (Madrid, 1986). Graduado en Geografía e Historia (UNED). Interesado en cualquier época histórica, se muestra especialmente atraído por la Antigüedad Clásica, los pueblos prerromanos ibéricos y aquellos aspectos relacionados con la religiosidad, cultura y mentalidad del mediterráneo antiguo. Amante de los libros, en octubre de 2016 inauguró la Librería El Cisne Negro en San Lorenzo de El Escorial, especializada en temática histórica. Asimismo, es autor de obras como Augusto. Príncipe de Roma (2015) y Sincretismo religioso en el norte de Hispania. Romanos, astures y cántabros (2016). Twitter: @gjauralde

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