Hatshepsut. La mujer faraón

Fran Navarro | 30 septiembre 2019

En el Antiguo Egipto el faraón concentraba en su persona toda la autoridad política y religiosa. En palabras de Rekhmire, un visir de la dinastía XVIII, el rey del Alto y Bajo Egipto “es el dios gracias al cual se vive, el padre y la madre de todos los hombres, él solo, sin igual”. Lo natural para el pensamiento de la Antigüedad es que una función tan importante recayera en un hombre, y así fue durante los tres mil años de historia de Egipto, excepto por unos pocos casos en los que hubo mujeres en la cúspide del poder. Una de ellas fue Hatshepsut, nombrada faraón de uno de los estados más poderosos del Mediterráneo. ¿Cómo llegó a ese puesto? ¿Por qué con ella se da una excepción? ¿Qué hizo como reina de Egipto?

Como siempre intentamos en Akrópolis, vamos a situarnos en el contexto del momento histórico del que vamos a hablar para procurar pensar la historia con la mentalidad adecuada en una forma de vida muy distinta a la nuestra actual. Hatshepsut, nuestra protagonista, vivió en Egipto durante el período llamado Reino Nuevo, concretamente a finales del siglo XVI a.C. Se supone que nació en 1506 a.C. y en 1457 a.C. perdemos su pista porque, literalmente, nos la borran del mapa.

En este contexto, aunque parezca increíble, las mujeres tenían una posición jurídica que ya la hubiesen querido muchas de las que vivieron en el mundo occidental durante el siglo XX. Las mujeres del Antiguo Egipto podían tener posesiones, comerciar, divorciarse, denunciar y todo ello sin tener que rendir cuenta ni a sus padres ni a sus maridos. No es baladí esta independencia si la comparamos con el resto de períodos de la historia humana. Pero claro, esto se daba en lo legal, otra cosa es la realidad social, el día a día. Aquí si dominaba el género masculino en todos los aspectos y si tenía que ver con el poder más aún. El faraón era representante de dios en la tierra y, aunque debía hacerse acompañar por una mujer, la Gran Esposa Real, cada uno tenía su papel para mantener el equilibrio de la vida. Por ello que una mujer adoptara el título de faraón suponía una aberración para la ideología egipcia. Sin embargo, hubo varias. Esta vez vamos a ver un caso destacado: Hatshepsut.

Hatshepsut provenía de una familia con mujeres que detentaron el poder, normalmente por situaciones de necesidad. La dinastía XVIII la inició el faraón Amosis en 1552 a.C. siendo un niño, por lo que le tocó a su madre, Ahhotep, administrar el reino como regente. En el ajuar funerario de esta reina apareció un collar con moscas de oro que suponen una condecoración militar, así que esta mujer debió participar en el mando de ejércitos en batallas. Amosis se casó con su hermana (esto ha pasado siempre, sí), Ahmes Nefertari, quien también actuó como regente de su hijo Amenhotep I. Como vemos, el poder recaía en mujeres por la falta de varones herederos en edad de gobernar. A Amenhotep I lo sucedió su sobrino, Tutmosis I, quien tampoco tuvo hijos con la Gran Esposa Real, solo dos hijas: una murió joven y la otra fue Hatshepsut. Tutmosis I sí que tuvo hijos varones con una concubina, pero en la época que estamos tratando la legitimidad y la sangre real del linaje eran una cuestión sumamente importante, por eso Tutmosis I pensó en Hatshepsut como su posible heredera. Sin embargo, la sucesión acabó recayendo en uno de esos hijos bastardos, Tutmosis II, y Hatshepsut tuvo que conformarse con casarse con este medio hermano y ser nombrada Gran Esposa Real. Tutmosis II falleció a los tres años de empezar a reinar, de nuevo sin heredero varón de su esposa y de nuevo siendo sucedido el faraón por otro hijo bastardo de una concubina: Tutmosis III, quien todavía era un niño cuando debía reinar, por lo que Hatshepsut tomó el poder como regente.

Pero Hatshepsut no se conformó con ese puesto. A diferencia de sus antecesoras, se proclamó faraón y fue coronada en torno al 1472 a.C. con el apoyo de los sacerdotes de Amón, la divinidad principal del panteón egipcio en este período. Desconocemos con exactitud por qué se dio este suceso tan atípico en Egipto, pero debemos descartar la ambición política como única razón, sino que Hatshepsut pudo apelar al sentido del deber, su educación ligada al poder y a la necesidad de mantener la brillante obra de su padre, Tutmosis I, siendo la única heredera de sangre totalmente real de un linaje ilustre. Pero no olvidemos que era mujer, no le resultaría fácil mantenerse en el poder. Para ello necesitó de un cuidado programa propagandístico político y religioso que legitimara su puesto como faraón en Egipto.

Hatshepsut se revistió de los atributos propios del faraón, por masculinos que fueran: la barba postiza, el faldellín y el nemes (el tocado típico de los faraones). Tomó los títulos propios de soberanos egipcios y los sumó a su nombre, como fueron Useret Kau (La poderosa de Kas) o Uadjet Renput (La floreciente de años) entre otros. La vertiente constructiva es digna de admirad. Todo soberano de la Antigüedad que se preciara tenía que levantar templos y lujosas tumbas para dejar constancia material de su poder y Hatshepsut nos dejó maravillas artísticas: relieves en el templo de Karnak, la Capilla Roja también en Karnak y, sobre todo, mandó construir el templo de Deir el-Bahari, dedicado a Amón, a la diosa Hathor y al culto del ka de la propia Hatshepsut y de su padre, Tutmosis I, decorando todo el recinto con relieves y pinturas para legitimar su posición. En este empeño propagandístico el argumento de más peso para justificar su derecho al trono fue la teogamia, es decir, contar que había nacido de la unión milagrosa de su madre con el dios Amón transformado en Tutmosis I. Mostrarse como hijo o hija de dioses es una solución repetida hasta la saciedad durante la Antigüedad en todas las culturas para justificar el derecho a gobernar. En un párrafo de estos relieves, Amón le dice a Hatshepsut: “yo soy tu padre”, al más puro estilo Darth Vader. Y fue el mismo dios quien pidió a la reina que enviase una flota al país del Punt (quizás sea Somalia) para traer incienso para su culto, siendo este otro atributo indispensable de todo gran gobernador: realizar expediciones con fines militares y económicos.

Reinó durante más de dos décadas y garantizó la continuidad de su linaje al casar a su hija mayor, Neferure, con su sobrino y heredero Tutmosis III, quien reinó en un momento de esplendor pero, lejos de admirar la obra de Hatshepsut, comenzaron a borrar todo vestigio de la mujer faraón, una damnatio memoriae para que la posteridad no recordara a una dirigente que no consideraron digna. Por suerte tenemos a la historia para que no quede en el olvido y aprendamos de su ejemplo.

Bibliografía

  • T. Bedman y F. J. Martín Valentín: Hatshepsut, de reina a farón de Egipto, La Esfera de los Libros, Madrid, 2009.
  • José Miguel Parra: Eso no estaba en mi libro de Historia del Antiguo Egipto, Almuzara, 2016.

Fran Navarro

Sanlúcar de Barrameda. Historia en la Universidad de Sevilla. Fundador y director de Akrópolis: el proyecto de un joven seducido por los libros y la Antigüedad.

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