Los misterios de Eleusis

Gonzalo Jauralde | 30 enero 2016

A unos kilómetros de Atenas, en la costa sur del Ática, se encuentran las ruinas del santuario de Eleusis, donde tenía lugar anualmente uno de los festivales religiosos más importantes de la antigua Grecia: el culto mistérico de las «Dos Diosas», Deméter y Perséfone, también conocida como Kore.

Religión griega y cultos mistéricos

Triptólemo y Perséfone

Perséfone junto a Triptólemo, representado en su carro tirado por dragones alados. Copa ática de figuras rojas, s. V a.C. (Museo del Louvre)

Para explicar en qué consistían los misterios, previamente tendremos que esbozar un pequeño cuadro de la religión griega, que era, en esencia, una religión de la polis, y por lo tanto cívica. Los banquetes, sacrificios, procesiones y votos que los griegos ofrecían a sus dioses tenían un objetivo claro: integrar al individuo en la comunidad, en la polis. Sin embargo, esta religión, que en ningún caso estaba codificada ni reglamentada por libros sagrados o dogmas de cualquier tipo —al modo en que se conciben hoy las religiones monoteístas derivadas del los textos bíblicos—, no daba una respuesta concreta al Más Allá, descrito vagamente en los poemas homéricos como un lugar siniestro y nada prometedor.

Los cultos mistéricos giraban en torno a un dios personal, en el caso de Eleusis, Deméter y Perséfone. Aunque la derivación etimológica de Damater como «Madre Tierra» —en los diversos dialectos del jónico y ático— es discutible, sí puede asegurarse la relación de esta diosa con la fertilidad de la tierra; aspecto destacado profusamente en los mitos griegos. Efectivamente, podemos considerar a Deméter como la diosa del trigo, una divinidad de la agricultura, que inventa y cuyo saber otorga al hombre. El grano es para la diosa, por lo tanto, elemento principal, pudiéndose constatar a través de la palabra damatrízein, que para los chipriotas hacía referencia a la recogida del grano (Burkert, 2007, 215; García Gual, 2007, 130).

Aunque pueda rastrearse una «base neolítica» en los cultos mistéricos, fue decisivo para su consolidación el «descubrimiento del individuo», periodo a caballo entre los siglos VII y VI a.C. en que los griegos comenzaron a prestar especial atención a sus inquietudes personales (Burkert, 2007, 369-370). Al fin y al cabo, la muerte no deja de ser un problema personal. Esta necesidad de trascendencia fue lo que, fundamentalmente, impulsó que los cultos de carácter secreto fueran ganando terreno en detrimento de la religión tradicional, aunque sin contraponerse a ésta.

Un aspecto clave a la hora de diferenciar el culto cívico de los misterios, fue el universalismo de éstos. Pese a que en sus orígenes en los misterios eleusinos sólo se permitió la participación de ciudadanos áticos, con posterioridad la entrada se terminaría prohibiendo solamente a asesinos y bárbaros que no hablaran ni entendieran la lengua del Ática. No obstante, y a pesar de sus diferencias, la religión tradicional no parece que pusiera obstáculos al desarrollo de estos cultos de carácter secreto. En un sistema religioso no excluyente, como era el politeísmo característico de la Antigüedad, los dioses convivían en una especie de «sociedad abierta», como lo expresa W. Burkert (2005, 74). Una vez finalizado el ritual eleusino, los participantes volvían a sus vidas cotidianas en la polis, rindiendo culto a las divinidades de su ciudad sin mayor inconveniente.

Resumiendo, podríamos definir los misterios como rituales de iniciación personal cuyo objetivo consistía en suplir las carencias de la religión de la polis. Estos cultos ofrecían una experiencia directa de lo sagrado (epopteía) que inducía a liberarse del temor a la muerte con el fin de obtener la salvación individual.

El rapto de Perséfone

Ahora bien, ¿de qué modo se asienta en el Ática griega el culto eleusino y por qué es Deméter a quien se rinde culto? Para contestar a estos interrogantes, habremos de recurrir al mito. Contamos para ello con el Himno a Deméter, la fuente más antigua que tenemos sobre los misterios de Eleusis. Pertenece al conjunto de himnos homéricos —poemas que, conviene recordar, no fueron compuestos por Homero— y que podemos fechar en torno a la segunda mitad del s. VII a.C. (Torres, 2005, 76-78). En sus versos se narra la consolidación del culto eleusino a raíz del rapto de Perséfone por el dios del inframundo, Hades; leyenda que, alegóricamente, podría interpretarse como el nacimiento de la primavera.

El rapto de Perséfone se lleva a cabo con el consentimiento del padre de los dioses, Zeus. Mientras la diosa recogía flores en un prado, la tierra se abrió apareciendo de entre sus grietas Hades montado en su carro. Una vez llegados al mundo de los muertos, Hades convirtió a Perséfone en su esposa. Sólo Helios, el dios-sol que observa siempre el mundo desde una posición privilegiada, se percató de lo ocurrido, revelando a Deméter que había sido su hermano Hades, en connivencia con Zeus, quien había raptado a su hija. La cólera de Deméter se desató contra el padre de los dioses, al mismo tiempo que abandonaba el Olimpo con el fin de buscar a su hija por todo el mundo. Camuflada entre los mortales con la vestimenta de una anciana, la diosa llegó a la morada de Celeo, soberano de Eleusis y esposo de Metanira. La reina le ofreció a Deméter ser la nodriza de su hijo Demofonte, a quien la diosa trataría de inmortalizar frotándolo con ambrosía cada día y sumergiéndolo en el fuego cada noche. Sin embargo, Metanira sorprendió a la diosa en sus quehaceres, horrorizándose cuando vio a Deméter introducir a su hijo en el fuego. Aquello provocó la cólera de la diosa quien descubrió su verdadera identidad. Pese a ello, conminó al pueblo entero para levantar un templo en su honor con el fin de aplacarla mediante los ritos eleusinos, que en aquel momento fueron revelados.

«Soy Deméter la honorable, que el mayor

bien y alegría para inmortales y mortales resulta.

Mas, ea, que un gran templo y un altar en él

me construya todo el pueblo, al pie de la ciudad y la escarpada muralla,

de Calícoro por encima, en el promontorio de la colina:

los ritos yo misma los explicaré, para que en adelante,

obrando con piedad, mi persona aplaquéis» (vv. 269-274).

Deméter, refugiada en su templo, se negó a hacer crecer la cosecha, provocando la inquietud de Zeus por el hambre que se extendía entre los hombres. La diosa le hizo saber que

«…nunca el fruto de la tierra haría brotar,

hasta que viera con sus ojos a su hija de hermoso rostro» (vv. 332-333).

Ante esta tesitura, el padre de los dioses mandó a Hermes al inframundo. En su mensaje, Zeus instaba a Hades a devolver a Perséfone junto a su madre. Hades accedió, aunque antes de liberarla, le dio a probar un grano de granada con el fin de que ya siempre tuviera que regresar periódicamente junto a él, lo que daría origen al ciclo de las estaciones: mientras Perséfone estuviera en el inframundo, la tierra no brotaría, iniciándose la primavera cuando regresara al Olimpo junto a su madre. Satisfecha con el arreglo pese a todo, Deméter hizo crecer el trigo y reveló los misterios a los eleusinos, otorgando a quienes los realizaran riqueza en esta vida y privilegios en el Más Allá.

El Himno a Deméter menciona por primera vez a Triptólemo, a quien el mito ha considerado desde rey de Eleusis hasta hijo de Celeo y Metanira (Grimal, 2015, 524). Lo decisivo es que la diosa lo eligió como el encargado de extender por todo el mundo el don del grano y los saberes de la agricultura, proporcionándole para ello un carro tirado por «dragones alados», como recuerda Apolodoro (Bibl. I, 5, 2). Los motivos iconográficos en la cerámica griega suelen representar a Triptólemo de esta manera, montando un carro de dos ruedas y sosteniendo espigas de grano.

Relieve de Deméter, Perséfone y Triptólemo

Triptólemo recibe de Deméter la espiga de trigo. A la derecha, Perséfone sostiene una antorcha mientras le bendice. Relieve votivo, h. 440 a.C, (Museo Arqueológico Nacional de Atenas)

Eleusis. Santuario y ritual

Veamos ahora cómo se desarrollaba el festival en el santuario de Eleusis. Los misterios mayores comenzaban a finales de septiembre, mes de Boedromión en el equinoccio de otoño, cuando se iniciaba la procesión que recorría los treinta kilómetros que separaban Atenas de Eleusis. En ella participaban los sacerdotes, sacerdotisas y magistrados que acompañaban a los iniciados (mýstai), aquellos que tomaban parte en el culto por primera vez. A medio camino, se atravesaba el Puente de Rhiti, celebrándose la «Noche de las Antorchas con cantos y danzas de corte dionisíaco» (Masis Iverson, 2012, nº 2, 106). Llegados a Eleusis y a la luz de las antorchas, la procesión gritaba el nombre de Yaco, epíteto de Dioniso que, en algunas versiones, es considerado una divinidad independiente. Yaco habría nacido de la unión entre Zeus y Deméter, representando en los misterios aquél con el que los iniciados debían identificarse. Invocando a Yaco, los presentes golpeaba la tierra junto al Plutonion —templo dedicado a Hades y construido delante de la cueva donde se creía que el dios de los muertos había raptado a Perséfone—, apremiando a los habitantes del entorno para que los ayudaran a encontrar a la diosa secuestrada en el inframundo.

El momento culminante acontecía en el Telestérion, recinto levantado en época micénica, aunque reformado después en varias ocasiones. Su sala hipóstila, una de las más bellas de la antigua arquitectura griega, estaba destinada a acoger quizá a varios miles de personas. Era allí, como templo de Deméter, donde se llevaban a cabo los rituales de iniciación. Presuntamente, éstos causaban un gran impacto de por vida, prohibiéndose su divulgación a quien los contemplara. A día de hoy todavía no sabemos con certeza lo que se experimentaba en el interior del Telestérion. Serán algunos autores cristianos, como Clemente de Alejandría, quienes desvelarán en época tardía algunos «secretos» del culto —aunque sus prejuicios para con este tipo de rituales paganos podrían influir notablemente en la fiabilidad de sus testimonios (Lévêque, 2006, 134). Pese a ello, conviene tener en cuenta sus escritos. En su Protréptico (II, 2), Clemente nos indica una fórmula sagrada que pronunciaban los iniciados como una posible entrega personal a la diosa Deméter: «He ayunado, he bebido el kykeon, saqué de la cesta (kíste), hice lo que tenía que hacer, volví a poner en el cesto (kálathos) y del cesto en la cesta». De estas confusas palabras podemos, no obstante, intentar aclarar varios puntos.

Santuario de Eleusis

Plano del Santuario de Eleusis con sus diferentes ampliaciones (“The Blue Guides Greece”, de Stuart Rossiter M.A., publicado por Ernest Benn Limited, London)

Parece ser que en el Telestérion se mostraba el terror a la muerte seguido de un regreso a la vida en una representación dramática del mito de Deméter y Perséfone. Los presentes ingerían una bebida, el kykeon, confeccionada con cebada y algunas hierbas desconocidas que, como es de suponer, produciría estados alterados de conciencia. Se ha sugerido que en la cesta (kíste) y en el cesto (kálathos) mencionados por Clemente, habría objetos de carácter sexual relacionados con el culto orgiástico, característico de otros misterios como los de Dioniso. Sin embargo, pudieran tratarse más bien de los objetos sagrados con que se elaboraba el kykeon y que el hierofante —sacerdote principal perteneciente a la familia de los Eumólpidas— guardaba en el anaktoron. Lo que sí parece claro es que el iniciado contemplaba a Perséfone, quien era llamada por el hierofante por medio de algún tipo de fuente de cobre. En el reencuentro de las «Dos Diosas» con los presentes, se fraguaba una experiencia entre el individuo y la divinidad que permitía combatir el temor a la muerte. Proclo, filósofo neoplatónico, indicó que estas ceremonias provocaban «la simpatía de las almas con el ritual de una manera que nos resulta ininteligible y divina, de modo que algunos de los iniciados son afectados por el pánico y quedan llenos de temor divino. Otros se asimilan a los símbolos sagrados, dejan su propia identidad, se relacionan con los dioses y experimentan la posesión divina» (In Remp. II, 108).

En la última noche, los presentes asistían a la epopteía que antes citábamos. Una nueva experiencia directa con lo divino que, según Cicerón, enseñaba «cómo vivir en la alegría, y cómo morir con las mejores esperanzas» (De leg. 2.36). De ahí que Aristóteles afirmara que lo esencial en los cultos mistéricos no era «aprender», sino «experimentar» la presencia divina en uno mismo (Fr. 15). Lo que sucedía en el Telestérion era una simbólica unión de Zeus y Deméter, acción que con el tiempo terminó realizándose entre el propio hierofante y una sacerdotisa. Como resultado de este hecho, se anunciaba el nacimiento de un niño divino, Yaco, con el que, como ya hemos dicho anteriormente, tenían que identificarse los iniciados. A continuación, cuando los misterios mayores alcanzaban su clímax, el hierofante exponía una espiga de trigo, reminiscencia de aquella otra entregada por Deméter a Triptólemo y con la que se pretendía recordar la unión entre vida y muerte; «unión simbolizada en la espiga cortada que producirá nueva vida» (Torres, 2005, 76). Hay que recalcar que los misterios no propugnaban una devaluación de la vida; la muerte se presentaba ante los presentes no como un fin absoluto sino como un nuevo amanecer en un lugar extremadamente dichoso.

Reconstrucción del Santuario de Eleusis

El Santuario de Eleusis en época romana (Eyewitness Travel Guide, Greece).

Sea como fuera, no faltaron en su tiempo quienes hicieron burla de los cultos mistéricos. Un caso conocido fue el de Diágoras el Ateo, sofista del s. V a.C., que supuestamente habría revelado los secretos del ritual eleusino con el fin de que la gente no se dejara engañar. Sin embargo, los misterios continuaron vivos, experimentando una etapa de florecimiento en los siglos de apogeo imperial romano bajo los cuales el santuario de Eleusis fue ampliamente remodelado.

Finalmente y tras casi mil años de existencia, los edictos de finales del s. IV d.C. promulgados por el emperador Teodosio, terminaron con los rituales mistéricos en el mundo antiguo. El cristianismo se convertía en la religión oficial del Imperio, prohibiéndose de manera progresiva todo culto pagano. El santuario de Eleusis, clausurado, vería su destrucción final con la llegada de los godos apenas unos años después.

Bibliografía

—BURKERT, W. Cultos mistéricos antiguos, Madrid, Trotta, 2005.

            —Religión griega. Arcaica y Clásica, Madrid, Abada Editores, 2007.

—GARCÍA GUAL, C. Introducción a la mitología griega, Madrid, Alianza, 2007.

—GRIMAL, P. Diccionario de mitología griega y romana, Barcelona, Paidós, 2015.

—HARD, R. El Gran Libro de la Mitología Griega, Madrid, La Esfera de los Libros, 2008.

—LÉVÊQUE, P. Tras los pasos de los dioses griegos, Madrid, Akal, 2006.

—MASIS IVERSON, K. «Contemplación y salvación en los misterios eleusinos», Análisis social y pedagogía, Humanidades (2012, nº 2), pp. 103-109.

—TORRES, J. B. (ed.) Himnos homéricos, Madrid, Cátedra, 2005.

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