La peste de Atenas y el fin de Pericles


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El estallido de las guerras del Peloponeso

Tras décadas de enfrentamientos entre la pólis de Atenas y su Liga Ática frente a la Liga del Peloponeso —liderada por Esparta—, la situación se volvió del todo incontrolable. Si bien nadie niega que la Gran Guerra entre los griegos fue la consecuencia de un proceso lento y de constantes conflictos entre muchas de las ciudades-estado, hubo varios detonantes que desembocaron en la cruenta y definitiva guerra del Peloponeso. Estas decisivas disputas entre aliados de Esparta y la misma Atenas llevaron al mundo griego y —como diría de un modo algo exagerado Tucídides— a todo el mundo conocido, a una de las guerras más largas y brutales del mundo antiguo.

Estrategia defensiva de Pericles

Era el año 431 a. C., habiendo fracasado ambos bandos en las negociaciones, los espartanos y los atenienses se prepararon para la guerra. Pericles, el tan conocido estratego de Atenas que estaba vinculado a la política desde hacía décadas, maquinó una estrategia altamente defensiva con la que esperaba no tener que enfrentarse en campo abierto contra las todopoderosas tropas terrestres de los espartanos. La idea era muy sencilla: Pericles ordenó que toda la población del Ática, la región que formaba parte de la pólis de Atenas, se refugiara de inmediato dentro del recinto amurallado de la ciudad. La muralla ateniense y los llamados Muros Largos, un complejo defensivo que, por un lado, discurría desde la misma Atenas hasta los tres puertos: El Pireo, Muníquia y Zea; por el otro, hasta las llanuras del Falero; se convirtieron en la mejor garantía para la protección de sus ciudadanos.

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Disposición de los Muros Largos y de las murallas de Atenas y el Pireo (revistadehistoria.es)

Esta disposición defensiva permitía a los atenienses asegurar su bien más preciado: el mar, pues su auténtica fortaleza militar era su escuadra, con la que controlaba el comercio del mar Egeo y practicaban incursiones puntuales en el Peloponeso para hostigar a los lacedemonios. Por contrapartida, miles de hectáreas de campos áticos fueron quemados y saqueados por los invasores espartanos, pues estaban despoblados y desprotegidos. Esta pérdida del patrimonio fue sumamente conflictiva para ciertos sectores de la población, los antiguos poseedores de esas tierras, los cuales no dudaron en echar infinidad de críticas sobre la estrategia que estaban llevando a cabo en Atenas.

La llegada de la peste

Esta situación de aislamiento continuó durante el transcurso del primer año de guerra, hasta que, llegados los meses fríos, las fuerzas lacedemonias volvieron al Peloponeso. Cuando los habitantes de Atenas parecían estar seguros dentro de los muros, recibieron uno de los golpes más duros durante las guerras del Peloponeso: la peste. La primera aparición de esta enfermedad en la ciudad fue en el año 430 a.C., coincidiendo con la segunda invasión espartana en la región del Ática. Sin embargo, esta incursión lacedemonia en sus fronteras no tuvo nada que ver con la propagación de dicha enfermedad, pese a que en sus inicios se pensó que éstos habían vertido veneno en sus pozos. Los atenienses, siguiendo la estrategia defensiva promulgada por Pericles, estando confinados dentro de sus defensas, se centraron en potenciar su dominio naval sobre el Mar Egeo, de donde provenían todos sus ingresos. Se cree que la enfermedad llegó precisamente por uno de los puertos de Atenas, concretamente del Pireo. Desde allí, mediante el flujo constante de mercaderías, la peste alcanzó sus puertos y viajó rápidamente por todo el recinto fortificado que conformaban los Muros Largos de Temístocles y la muralla de Atenas.

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Restos de los Muros Largos a su paso por el Pireo (www.panoramio.com)

Según Tucídides, la peste se originó en Etiopía, descendió por el Nilo hacia Egipto y Libia, extendiéndose luego por el Imperio Persa. En contacto con los persas o por el comercio marino, la enfermedad atacó a diferentes regiones griegas, entre ellas a la isla de Lemnos, situada al norte del mar Egeo. Aun así, la ciudad que sufrió mayores penurias fue Atenas, pues su población era superior a cualquier pólis existente. Además, la acumulación de toda la población dentro de los muros de la ciudad, un espacio relativamente pequeño, acrecentó la propagación de la enfermedad.

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Busto del historiador Tucídides (reflexionesmarginales.com)

”Yo, por mi parte, voy a contar cómo fue y expondré los indicios a partir de los cuales uno que los examine, en caso de que de nuevo vuelva a atacar, podría diagnosticar mejor, al contar con una idea previa, al haber estado yo mismo enfermo y haber visto también a muchos otros padecerlo”. Tucídides, II, 48 [traducción de Antonio Guzmán Guerra]

Éstas son las palabras del célebre Tucídides antes de comenzar uno de los pasajes más conmovedores de su obra. En éste, nos explica los síntomas de la enfermedad que hizo perecer a miles de ciudadanos atenienses, a sus familias, a sus esclavos y a los extranjeros.

Los síntomas y la cura de la enfermedad

Los primeros síntomas podrían haber sido catalogados de comunes en otras enfermedades: fuertes fiebres y el enrojecimiento y la inflamación de los ojos. Acto seguido, la garganta y la lengua se volvían sanguinolentas, produciendo un aliento de lo más desagradable. Luego, mediante estornudos, ronqueras y una tos de pecho, la enfermedad continuaba avanzando por el organismo en dirección al estómago, provocando vómitos y espasmos en medio de un agotamiento terrible del enfermo. Además, los afectados por esta enfermedad, sentían un ardor insufrible en todo su cuerpo que no podían calmar ingiriendo agua, ni siquiera con baños. Además, en la piel se producían ampollas y llagas, haciendo insoportable el contacto exterior con cualquier prenda de vestir.

Los síntomas de la peste podían ser de mayor o menor intensidad según la persona, pues a cada uno afectó de un modo distinto, y según ha narrado el célebre historiador, si los pacientes sobrevivían a los primeros días, llegaban a sufrir diarreas y pérdida de sensibilidad de los dedos de manos y pies, además de los genitales. En algún caso, tras la recuperación de la enfermedad, sobrevenía una inquietante amnesia total.

Según tenemos constancia, no hubo ninguna cura efectiva para la enfermedad, pues según Tucídides, lo que aliviaba a alguno, perjudicaba a otro. Los médicos trataban a quienes podían, y en gran medida eran ellos quienes acababan muriendo por el contacto con los enfermos. Éstos, terminaban sus días abandonados de todo ser querido, repudiados por el miedo a contagiar a los demás. Se dice que hasta las aves morían al ingerir la carne humana en descomposición. Sólo algunos daban ”pruebas de humanitarismo” y acompañaban a sus enfermos queridos hasta su muerte, como los supervivientes, que se creían capaces de resistir cualquier enfermedad, pues ésta fue la más nociva que jamás habían sufrido.

Repercusiones sociales de la enfermedad

La peste de Atenas fue una enfermedad que trastocó sobremanera la sociedad ateniense. Todos aquellos que sufrían alguna otra dolencia, a la llegada de la peste, acababan contrayéndola. La enfermedad evidenció que todas las personas eran iguales, pues los ricos morían del mismo modo que los pobres.

Los atenienses comenzaron a sentir un rechazo por la religión y sus dioses, puesto que las súplicas y los sacrificios no resultaban eficaces para superar ese duro trance. Los ritos tradicionales de enterramiento se trastocaron; cada cual lo hacía según podía dentro de aquel inmenso caos. De hecho, algunos cuerpos eran depositados sobre piras ajenas o simplemente amontonados en algún rincón.

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La peste de Atenas (1652) de Michael Sweerts. En esta idealizada pintura, el autor quiso mostrar el sufrimiento de la enfermedad.

Las leyes también sufrieron multitud de agravios. La falta de respeto y temor por las leyes se generalizó al mismo tiempo que decreció el temor a los dioses. Los enfermos, que veían muy cercana la muerte, se entregaban más fácilmente a los placeres y a los delitos, pues pensaban que nunca tendrían que responder por ellos. La destrucción de los campos, la pérdida de sus templos y la muerte de muchos pobladores sumieron la ciudad en una auténtica confusión. Todo esto favoreció que los reproches hacia la estrategia de Pericles no dejaran de crecer a medida que la enfermedad se reproducía.

El fin de Pericles

Tras las primeras invasiones y los consiguientes saqueos de los lacedemonios en territorio ático, y antes de la llegada de la peste, Pericles ya fue muy cuestionado. El descontento de la población, por primera vez tras diez años, provocó que no fuera reelegido como estratego de Atenas. Pese a eso, y tras la llegada de la enfermedad, consiguió que su estrategia no fuera modificada, aunque ésta causara grandes dificultades. Su influencia en la política ateniense continuó, y en el año 429 a. C., fue reelegido estratego, considerado el único hombre capaz de reconducir la desesperada situación de la pólis.

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Busto de Pericles (artehistoria.com)

El afamado estadista permaneció a la cabeza del gobierno hasta su muerte, en otoño del año 429 a. C. a causa de la segunda oleada de la plaga. De hecho, aunque la enfermedad, como afirma Tucídides, sí se había mitigado, nunca había desaparecido. Es por eso que Tucídides, en este caso, no hace una diferenciación entre una y otra oleada. Antes de su muerte, ese mismo año, los dos hijos de su primera mujer: Paralo y Jántipo, murieron a causa de esta misma afección. En un acto de compensación por la brillante trayectoria de Pericles en beneficio de su ciudad, concedieron la ciudadanía de pleno derecho a su hijo pequeño Pericles (el Joven), que era fruto de su relación con la milesia Aspasia. Eludiendo una ley del 451 a. C. que el propio estratego había promovido para delimitar la concesión de ciudadanía a todo aquel que no fuera nacido de padre y madre de Atenas, el hijo de Pericles y Aspasia gozó de los mismos derechos que el resto de ciudadanos atenienses.

Última aparición de la enfermedad

Durante el invierno del 427 a. C., la enfermedad volvió a aparecer en Atenas. Si bien esta nueva oleada de la epidemia fue más breve, igualmente causó enormes pérdidas.

”Esta segunda epidemia duró no menos de un año, mientras que la primera fueron dos, de suerte que nada hubo que oprimiera y debilitara las fuerzas de Atenas como esta peste. En efecto, entre los hoplitas alistados murieron no menos de cuatro mil cuatrocientos hombres,  y trescientos jinetes, a más de un número incalculable de otras bajas”. Tucídides, III, 87. [Traducción de Antonio Guzmán Guerra]

Sin duda, la plaga que asoló la ciudad de Atenas acabó con una cantidad ingente de personas. Estas pérdidas, que se produjeron en plena segunda guerra del Peloponeso, pudieron ser determinantes para el desarrollo de dicho conflicto. Es por esta razón por la que algunos investigadores han creído oportuno destacar que la enfermedad sufrida constituyó una de las causas de la derrota de Atenas en las guerras del Peloponeso. Sin embargo, los atenienses consiguieron rehacerse en varias ocasiones a estos y otros inconvenientes, por lo que el fracaso final en el año 404 a. C., debe relacionarse con múltiples motivos.

Estudios modernos sobre la enfermedad

Esta terrible enfermedad que nos describe Tucídides, ha dado lugar a un importante debate para determinar su origen. La opción que más se ha extendido en los últimos tiempos, amparándose en recientes análisis de ADN de algunos de los cuerpos afectados, culpa a la fiebre tifoidea, una enfermedad infecciosa producida por una bacteria del género de la salmonella.

Bibliografía


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