El primer calendario romano


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En la actualidad, los que vivimos en el mundo Occidental, nos entendemos a la perfección en cuanto nos hacemos referencias temporales, ya hablemos de horas, días, meses o años. Somos capaces de crear mentalmente una escala de tiempo sea cual sea el año que mencionemos. Por eso a mí me encanta el juego mental que nos produce la afirmación de que Cleopatra vivió más cercana en el tiempo al primer McDonald’s que a la construcción de las pirámides. Nos demuestra la inmensidad temporal que abarca lo que nosotros llamamos Antigüedad y, más importante, somo capaces de comprender esa magnitud. “Estamos en 2018” y automáticamente me entiendes. Pero, como sabrás, no existe una única manera de medir el tiempo. Para la comunidad musulmana no estamos en el 2018, ellos entrarán a partir del 12 de septiembre en el 1440 A.H., siglas que significan Anno Hegirae, es decir, 1440 años desde la huida de Mahoma de La Meca hacia Medina, hecho que se conoce con el nombre de Hégira (“migración”).
Por estas diferencias a la hora de medir el tiempo, bajo nuestro punto de vista actual en Occidente, ¿sabrías decirme cuando se da el año del séptimo consulado del emperador Augusto? ¿Y el año 727 ab Urbe condita? Formas de medir el tiempo hay muchas y el por qué, como casi siempre, está en la historia.
No podemos controlar el tiempo, pero sí podemos ordenarlo, y a ese fin quiere llegar el que da forma a un calendario. Algo que históricamente se ha utilizado con fines políticos, económicos, sociales y religiosos, y los romanos no dejaron escapar esta oportunidad: no duraron tantísimo tiempo como primera potencia en el Mediterráneo siendo una beneficencia (conviene recordar esta idea siempre que leamos algo sobre Roma).
Esta vez vamos a detenernos en el primer calendario romano del que tenemos constancia. Y para ello nos vamos a servir de Néstor F. Marqués y su libro Un año en la Antigua Roma: una obra magnífica para comprender a los romanos a través de su calendario, o mejor en plural, sus calendarios. Sin duda, como bien nos avisa el autor del libro, una herencia más de tantísimas que hemos recibido de los romanos, a pesar de las ligeras (o no tan ligeras) modificaciones que dichas herencias hayan recibido hasta llegar a nuestros días. Una cosa está clara, nuestra forma de contar los días y años no siempre ha sido así. Solo tienes que imaginar esta ficticia conversación entre soldados de la república romana:
Está claro que nuestra datación de los años es fruto de la cultura cristiana a la que pertenecemos en Occidente, y de la que es muy difícil desprenderse. Hay intentos de contabilizar los años desmarcándose de la era cristiana como el caso del “antes de la era común” o “después de la era común” (a.e.c./d.e.c.), sin embargo, aunque cambian las palabras, siguen contando los años antes y después del mismo hecho: el nacimiento de Cristo. Obviamente, el modo de contar los años no, pero la estructura de nuestro calendario sí podemos decir que tiene su origen en el mismísimo nacimiento de Roma (o eso es lo que nos cuenta la tradición romana).
A Rómulo, el mítico fundador de Roma, se le atribuye la creación del primer calendario de Roma, sentando las bases de los posteriores, cuya evolución llega hasta nuestros días. Era un calendario lunar, es decir, se basaba en las fases lunares para contar los meses y años. De hecho, la palabra “meses” viene del nombre que recibía la Luna en griego.
Dentro de cada mes había varias fechas destacadas. En primer lugar estaría la fase de luna nueva, por ello este periodo tiene una duración variable según la luna. Recibía el nombre de Kalendae, momento con el que se iniciaba cada mes y duraba entre 3 y 6 días dependiendo de la variabilidad lunar mencionada. Tras las Kalendae estaría la fase llamada Nonae, correspondiendo con la luna en su fase de cuarto creciente, por lo que la duración de esta etapa era de 9 días según la forma inclusiva de contar los romanos. Es decir, el primer día de las Nonae y el primero de la siguiente fase también se cuentan, de ahí la cuenta de 9 días y el nombre de la fase (Nonae). A mitad del mes llegaban las Idus, con la luna llena sobre Roma. Así, las Kalendae, Nonae y las Idus son los únicos tres días que se tendrían en cuenta para medir el paso del tiempo. Sencillamente, se dedicaban a contar los días que faltaban para el siguiente día destacado. Por ello el ante diem XV Kalendas Octobres era el 17 de septiembre, ya que faltaban 15 días para las Kalendae de octubre. Esto es algo que podéis aprender de manera mucho más didáctica a través del libro y el Twitter de “Antigua Roma al Día”.
Además, Néstor F. Marqués nos avisa de la posibilidad de haber existido un cuarto día destacado en el mes del cual no nos ha quedado nombre, pero algunos investigadores le han llamado nundinae post idus, lo que significa 9 días después de las idus, y coincidiría con el cuarto menguante de la luna. Así, 9 días después según contaban los romanos, 7 días según contamos nosotros, acababa el mes y volvían a llegar las Kalendae del siguiente mes: el día uno. Seguro que para enterarte bien vas a tener que leer dos veces el artículo, pero Un Año en la Antigua Roma nos facilita la vida con un simple esquemita:

Calendario lunar atribuido a Rómulo. Fuente: Marqués, N.: “Un año en la Antigua Roma”.

El año de este primer calendario romano tenía diez meses, y empezaba en marzo. Este primer mes estaba asociado a Marte, dios de la guerra y padre de Rómulo según la tradición, además era la vuelta a la vida de la naturaleza. O sea, tiene más sentido y lógica poner el inicio del año en la renovación del ciclo natural de nacimiento, crecimiento, muerte y resurrección, algo muy común en muchas culturas y religiones de la Antigüedad. Y esta lógica tiene, por supuesto, un peso real en una sociedad con una abrumadora mayoría de personas dedicadas a la agricultura. Por eso, el buen tiempo de marzo traía trabajo y esperanza para sobrevivir. En la actualidad, nos regimos según el nacimiento de Jesús de Nazaret y, a pesar de que celebremos su nacimiento el 25 de diciembre, nuestro año nuevo va en relación con la circuncisión de Jesús.
Cada mes estaba asociado al culto de un dios: marzo-Marte, abril-Venus, mayo-Mercurio, junio-Juno, y os resultará curioso saber que a partir del quinto mes recibían el nombre por su número ordinal, es decir, Quintilis y Sextilis eran los meses quinto y sexto del año, nuestros julio y agosto (que serán incluidos en una modificación del calendario por parte de Julio César). A estos les seguían September, October, November y December, los meses séptimo a décimo de este primer calendario. Así, el año quedaba dividido en diez meses y sumaba 304 días, lo que supone un descuadre importante de 61 días (prácticamente los dos meses más que añadieron posteriormente y que seguimos teniendo hoy día: enero y febrero). ¿Y qué pasaban con estos días para poder completar un año astronómico? Néstor F. Marqués nos habla de Macrobio, escritor romano del siglo IV, quien nos dice que se vivían hasta completar las estaciones pero no recibían ningún nombre. Otros autores dicen que había ajustes temporales para poder cuadrar de manera rudimentaria el calendario. Ovidio, excusó al fundador de Roma y creador de este calendario diciendo de Rómulo que “conocía mejor las armas que los astros”. O dicho de otra manera: “el chavalito hizo lo que puedo, joder”.
Este curioso e importante evento histórico tiene un mayor y mejor desarrollo en el mencionado libro Un año en la Antigua Roma, en el que este primer calendario apenas ocupa unas páginas de la completa y más amplia información que nos ofrece la obra. Las festividades, cultos, guerras, cómo contaban los romanos, el resto de modificaciones del calendario romano, todo lo podréis encontrar en esta publicación. Néstor F. Marqués hace un recorrido a lo largo de un año analizando la vida cotidiana de un romano y el mundo en el que vivía a través de su calendario. Un ejercicio que a veces se hace difícil comprender por el esfuerzo mental que nos supone cambiar los registros tan arraigados que tenemos para ordenar nuestro tiempo, pero el autor ha tenido un concienzudo empeño en ofrecernos de la manera más didáctica posible estas complejas cuestiones de la historia de Roma. Una labor que, a veces con más éxito y otras con menos, siempre es digna de alabar por su insistente energía en divulgar la historia antigua de Roma desde su proyecto “Antigua Roma al Día”. No podemos más que agradecer su labor, seguir pendientes a su siempre interesante contenido y emplazaros a su magnífica publicación.
Un año en la Antigua Roma. La vida cotidiana de los romanos a través de su calendario
Néstor F. Marqués.
Nº de páginas: 368 págs.
Encuadernación: Tapa blanda
Editorial: S.L.U. ESPASA LIBROS
Lengua: CASTELLANO
ISBN: 9788467051513
Precio: 18.90€

Acerca de Fran Navarro

Fran Navarro (Sanlúcar de Barrameda, 13 de febrero de 1992). Estudia el grado de Historia en la Universidad de Sevilla y lo pone en práctica en este blog. Akrópolis es el proyecto de un joven seducido por las letras, los libros y la Antigüedad que nace con la intención de acumular síntesis de los distintos períodos que componen la Historia Antigua con la doble vertiente de la difusión y el propio aprendizaje del autor.

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