El santuario de Delfos (I)


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Si tuviéramos que definir, en pocas palabras, qué es un oráculo (khresmós) lo haríamos de la siguiente manera: un oráculo es la respuesta, generalmente oscura, de un ser sobrenatural a una pregunta sobre el porvenir acorde un ritual concreto (Hernández de la Fuente, 2008, 23). En el santuario de Delfos, uno de los centros oraculares más importantes y venerados por los antiguos griegos, el oráculo estaría a cargo de la Pitia, sacerdotisa a través de la cual se pronunciaba el dios Apolo.

El recinto sagrado dedicado a esta divinidad, colgado en las laderas del monte Parnaso -“¡Oh cumbres rocosas del Parnaso, que domináis como observatorio la sede del cielo!” (Eurípides, Ión, 715)-, en la Fócide, rodeado de inhiestos picos como las Rocas Fedríades, de donde emana la Fuente Castalia, señoreando el valle y oteando el mar visible en la lejanía, constituye un lugar privilegiado para el dictamen de oráculos: su localización y los elementos cultuales de los que se conforma, invitan al misterio de lo divino en una sacralización total de la naturaleza.

No es de extrañar que Estrabón calificara el paraje donde se asentaba el santuario como un teatro (Geo. IX, 3, 3), y no sólo por su construcción en plena ladera frente a un paisaje espectacular, sino también, como dice M. Scott (2015, 27) y veremos más adelante, porque Delfos constituye un “espacio en el que la mayor parte de los acontecimientos importantes de la historia del mundo antiguo fueron representados, reflejados o alterados”.

Ruinas del Templo de Apolo en Delfos. Bajo el roquedo del fondo, se encuentra la Fuente Castalia.

Apolo y Delfos: entre el mito y la historia

Para una visión general sobre Apolo y algunos de los mitos en que participa, remitimos al excelente artículo de Fran Navarro dedicado al dios griego. Aquí daremos algunos datos sobre sus orígenes y nos centraremos, principalmente, en su vinculación con el santuario de Delfos, indicando de antemano que, antes de la llegada de Apolo, este paraje ya había sido sacralizado y habitado como escenario de encuentro con la divinidad a través de los oráculos.

Es cierto que Apolo representa uno de los dioses más importantes para los griegos. De hecho, su santuario en Delfos adquirirá con el tiempo tintes panhelénicos -a partir del último cuarto del siglo VIII a. C., fecha en que se consolida su culto en el lugar-. Sin embargo, desconocemos en buena medida sus orígenes. Pese a que los poemas homéricos lo mencionan como un dios plenamente adoptado en el panteón griego, las tablillas micénicas en lineal B silencian su nombre. Quizá, en torno al I milenio a. C., pudo haber sido introducido en Grecia por los dorios, que debieron adorarlo como dios del ganado bovino y ovino (Hard, 2016, 201).

Trasladándonos a Oriente, concretamente a la zona de Asia Menor -no deja de ser relevante que Apolo luchase en la Ilíada al lado de los troyanos y no de los aqueos-, podemos constatar de qué manera se habría ido puliendo su carácter conforme a la relación establecida con dioses como Nergal, señor de los muertos en el mundo sumerio, o Reshef, a quienes los cananeos adjudicaban los males de la peste y la guerra (Torres, ed. 2005, 118). Llama la atención que Apolo, un dios posteriormente presentado como inspirador de la razón, la luz y la pureza, mostrara de igual modo un rostro terrible ligado a las plagas y la muerte. Sus atributos dan ejemplo de esta contradicción por la que, a través de un evidente proceso de sincretismo, Apolo evoluciona de un dios temible a un dios solar a partir del siglo V a. C., alcanzando, con el tiempo, una nueva dimensión en la Roma de Augusto como dios de la paz y la reconciliación tras las guerras civiles que sufrió la República. El arco y las flechas reflejarían su carácter bélico representado en numerosos mitos, desde la muerte de Aquiles hasta su lucha contra Pitón en Delfos; la lira que le regaló Hermes, por el contrario, le convierte en protector de las artes y la música, aquel que deleita a los dioses en el Olimpo y en quien recae la gloria de los festivales y competiciones musicales; finalmente, el trípode adivinatorio sobre el que se sienta la Pitia en Delfos lo liga al arte oracular, como ya señala la Ilíada:

“Pues juro por Apolo, caro a Zeus, a quien tú, Calcante,
invocas cuando manifiestas vaticinios a los dánaos” (I-86-87).

En nuestro recorrido mítico por Delfos, comenzaremos acudiendo a la fuente escrita más antigua que nos habla sobre los orígenes del santuario: la “sección délfica” del Himno a Apolo, datada a principios del siglo VI a. C. (Torres, ed. 2005, 19) y que canta el momento en que el dios llega a Delfos y el propósito que lo lleva a instaurar el oráculo:

“[…] y llegaste a Crisa, al pie del Parnaso nevado,
Colina hacia poniente orientada; más en lo alto
una peña se cierne, y por debajo corre un hondo valle,
abrupto: allí decidió el soberano, Febo Apolo,
un templo hacerse, maravilloso, y dijo estas palabras:
“Aquí, sí, pienso levantar un hermosísimo templo
para que sea oráculo para los hombres, que para mí siempre
aquí reunirán cumplidas hecatombes,
cuantos el rico Peloponeso pueblan
y cuantos habitan Europa y en las islas, de uno y otro lado bañadas:
que vendrán a recibir el oráculo; mi certero consejo a éstos,
a todos, transmitiré profetizando en el pingüe templo” (282-293).

Apolo llegó a Delfos desde la isla de Delos, donde nació. Aconsejado por la ninfa Telfusa, según el propio himno, Apolo se apoderó del lugar venciendo a la serpiente Pitón, hija de Gea, la diosa Tierra que probablemente hubiera dictado los primeros oráculos en el lugar. En esta lucha, cuya victoria era conmemorada en los Juegos Píticos, se ha querido ver la suplantación del culto a una Diosa Madre primitiva por una divinidad olímpica masculina, así como los recuerdos de incursiones helenas del norte (Aldana, 1996-1997, 7). Se contrapone de este modo el nuevo elemento celeste -la venida de los olímpicos, con Zeus a la cabeza- frente a los antiguos cultos telúricos, quizá de época micénica, que debieron dominar Delfos con anterioridad (Hernández de la Fuente, 2008, 28-30). Además, la victoria producirá un cambio en la denominación del lugar: de Crisa a Pito. Ello es debido al verbo griego pytho, “hacer pudrir”, “consumir”, ya que, tal y como canta el Himno, Pitón fue consumida por

“[…] la sagrada fuerza del Sol;
de ahí que ahora Pito se llama, y los hombres al soberano
de «Pítico» le dan el título, porque allí
mismo consumió al monstruo la fuerza del Sol, de agudos rayos” (371-374).

“Apolo y Pitón” (1636-1638), de Cornelis de Vos. Museo Nacional del Prado, Madrid.

Por otro lado, el nombre de Delfos podría derivar del episodio mítico también cantado por el Himno y que relata cómo el dios olímpico quiso encontrar a los sacerdotes que se encargaran de custodiar el santuario recién conquistado. Tomando la forma de un delfín, delphís, forzó a unos marineros cretenses a alcanzar el puerto de Cirra -hoy Itea, a los pies de Delfos-, aceptando los navegantes su papel de sacerdotes en el santuario.

“Como yo al principio en el neblinoso ponto
semejante a un delfín sobre la veloz nave salté,
por eso a mí invocadme como «Delfinio»; mas el altar
mismo «délfico» y famoso será por siempre”. (493-496)

Otras fuentes dan versiones distintas sobre los orígenes de Delfos y su oráculo. Así, el poeta lírico Alceo (F 142), el historiador del siglo V a. C., Éforo, Estrabón o Esquilo, quien en Las Euménides pone en boca de la Pitia:

“Primero, con mi plegaria
honro ante todo a la Tierra,
de entre los dioses, primera
profetisa; luego a Temis
que, según dicen, segunda
en el trípode profético
de su madre se sentó.
A su vez, con el permiso
de Temis, y sin hacer
violencia a nadie, tercera
profetisa, Febe aquí
sentose, y a Febo Apolo
se lo ofrece como don
natalicio, Febo, que
este nombre recibiera
tomándolo de la diosa;
y abandonando la mar
y las riberas de Delos
a las playas arribó
de la diosa Palas, de
muchas naves frecuentada
para llegar a esta tierra
finalmente, a la morada
del Parnaso. Le escoltaban
con grandísimo respeto
los hijos de Hefesto que
allanaban los caminos
amansando para él
una tierra antes salvaje.
Grandes honras tributole,
el pueblo en llegando a Delfos,
y el señor de estos parajes,
Zeus, su espíritu llenó
con un arte divinal,
y como cuarto profeta
le coloca en este trono” (1-19).

Como se ve, hay en estos versos un claro recuerdo de las divinidades precedentes a Apolo en su dominio délfico -Gea, Temis, Febe-, además de omitir toda referencia a la serpiente Pitón que, en cambio, sí recoge Eurípides, y con detalle descriptivo, en su obra Ifigenia entre los tauros:

“…una serpiente de lomos moteados color de vino, cubierta con escamas de umbrío laurel de tupido follaje, portento monstruoso de la tierra…” (1245 ss).

Por otro lado, uno de los elementos cultuales más significativos a la hora de definir la estampa mítica de Delfos, lo constituye el omphalos u “ombligo del mundo”, piedra cónica cuya veneración se remonta al mito por el que Zeus y Atenea discutieron sobre cuál sería el punto exacto que correspondiese al centro del mundo: el padre de los dioses dejó volar dos águilas desde los extremos de la tierra que terminaron cruzándose en este lugar (Hard, 2016, 205). Aunque otras fuentes, como Hesíodo, atribuyen la piedra a aquella que se tragó Cronos en lugar del pequeño Zeus:

“Primero vomitó [Cronos] la piedra, última cosa que se tragó; y Zeus la clavó sobre la anchurosa tierra, en la sacratísima Pito, en los valles del pie del Parnaso, monumento para la posteridad, maravilla para los hombres mortales” (Teog. 497-501).

Copia helenística del omphalos (Museo de Delfos).

En cualquier caso, la veneración de rocas y piedras sin tallar es perceptible en numerosos santuarios griegos, de ahí que, resguardado en el interior del templo de Apolo, como se cree, el omphalos se considerase uno de los elementos más sagrados del mundo griego.

De igual modo, el agua también es un elemento esencial por el que identificar lugares sagrados: las fuentes Castalia, Casotis y Delfousa, que brotan de las laderas del Parnaso, confirman una vez más la importancia del elemento líquido a la hora de realizar las distintas purificaciones rituales (Burkert, 2007, 120). No en vano, y como detallaremos en la segunda parte, la Pitia comenzaba su rito oracular con un baño en la fuente Castalia como paso purificador previo a la consulta.

Finalmente, y como ya hemos indicado, Apolo no sería la única divinidad que recibía culto en las laderas del Parnaso. Con la consolidación del santuario como centro religioso de suma importancia en el mundo griego a finales del siglo VI a. C., en Delfos se podía adorar además a divinidades como Atenea Pronaia, que gozaba de un importante santuario unos metros por debajo del recinto de Apolo, Artemisa, Poseidón, Hermes, las Musas, Sóter, Leto, Démeter, Afrodita Epiteleia, Coré, los Dioscuros, Pan, las Ninfas… (Scott, 2015, 141). Un largo número de seres que no excluía a héroes como Heracles, cuyas correrías también serán recordadas en la construcción mítica de Delfos -el héroe griego intentará apoderarse del trípode profético desde el que se dictaban los oráculos, y sólo la intervención de Zeus evitaría una lucha feroz entre Apolo y Heracles (Hard, 2015, 360)-. Dioniso, por su parte, y como indica Plutarco, “tiene una parte en Delfos no menor que Apolo” (Mor., 388E). El culto al dios del éxtasis y el vino se manifiesta sobre todo en su tumba, situada en el mismo templo de Apolo. La presencia de esta divinidad y la incapacidad de Apolo por hacerse dueño exclusivo del lugar, prueban la pervivencia antiquísima de otros cultos que no habrían podido ser borrados nunca de la memoria colectiva. Es más, el propio Apolo emprendería durante el invierno su viaje al país de los hiperbóreos, intervalo que Dioniso aprovechaba para manifestarse como señor de Delfos.

Heracles robando el trípode y perseguido por Apolo. Hidria de figuras negras, 530 a. C. (Museo Arqueológico Nacional, Madrid).

Hasta aquí, el relato mítico del santuario délfico. Pasemos ahora a una sucinta exposición histórica; la historia de Delfos es, en buena medida, la propia historia de la antigua Grecia.

En primer lugar, sabemos que la zona donde se levanta el recinto de Apolo estuvo ocupada de manera casi continuada desde los siglos XI al IX a. C., desarrollándose poco después del año 800 a. C. una comunidad en estrecha relación con el mar, y especialmente con la red comercial de Corinto. Ello empujó al protagonismo regional de Delfos, que se fue acrecentando a medida que avanzaban los años. Que el oráculo estuviera en funcionamiento durante este periodo es algo que materialmente no puede probarse; lo más posible es que sus inicios se remontaran a finales del siglo VIII a. C., aunque algunos investigadores, como J. F. Bommelaer, se atreven a afirmar que estaba vigente desde el II milenio a. C. (Scott, 2015, 72 ss).

Delfos acrecentó su prestigio durante el siglo VIII a. C. debido, fundamentalmente, a los cambios que sacudieron la sociedad griega en este tiempo: la colonización de nuevas tierras como remedio a los problemas demográficos y de luchas internas por el control del poder local, que, a su vez, dieron lugar a la redacción de constituciones cívicas cuyo objetivo era, justamente, solucionar estos conflictos sociales. Tales acontecimientos históricos requerían respuestas en el marco de una mentalidad donde la presencia e intervención de los dioses se dejaba notar en cualquier aspecto vital. De ahí que Delfos, procurando respuestas a los problemas nuevos que enfrentaba la sociedad griega, facilitando “la confirmación divina de las decisiones de la comunidad” (Scott, 2015, 83), dando soluciones prácticas y, en muchos casos, acertadas, adquiriera importancia y pleno desarrollo.

El santuario délfico comenzó a jugar un papel importante, y controvertido, en su relación con ciudades como Esparta, Atenas o los numerosos tiranos que dirigieron algunas ciudades griegas. Lo que parece evidente, es que el santuario oracular se convirtió a finales del siglo VII a. C. en una institución cada vez más relevante en los ámbitos político y religioso griego, aunque todavía hasta el siglo VI a. C. -cuando el santuario se acota con un muro que define el espacio sagrado, témenos– estuvieran mezcladas las actividades profanas y de culto. Es después del año 600 a. C. cuando seguramente se construiría el primer templo dedicado a Apolo. A partir de estas fechas y bajo el control de la Anfictionía -liga plurirregional de carácter religioso-, Delfos amplió su prestigio y riqueza (Hernández de la Fuente, 2008, 190), ofrendándose numerosos elementos votivos y dando inicio a una primera gran articulación del santuario en la que los Juegos Píticos también tuvieron su punto de arranque.

La Primera Guerra Sagrada (595-585 a. C.) fue, precisamente, consecuencia de la importancia que entonces adquirió el santuario, siendo un centro religioso en el punto de mira de diversas ciudades-estado. La Anfictionía, con el objetivo de proteger el espacio sagrado délfico y evitar conflictos dentro de su jurisdicción, decidió intervenir ante los abusos que la vecina ciudad de Cirra venía ejerciendo sobre Delfos (Scott, 2015, 111). A finales de este siglo, la familia de los Alcmeónidas de Atenas controlará el santuario, deviniendo un periodo de esplendor y poder que queda reflejado en las numerosas construcciones que se hicieron dentro del recinto sagrado, como la edificación del nuevo templo de Apolo, consagrado en el 506 a. C., tras el incendio que devastó el primero en el 548 a. C.

La victoria griega en la Primera Guerra Médica (492-490 a. C.) hizo que las ciudades-estado brindaran nuevos exvotos al santuario délfico, entre ellos, el tesoro que los atenienses construyeron para conmemorar el resultado de la batalla de Maratón en el 490 a. C. Además, durante la Segunda Guerra Médica (480-479 a. C.) se hizo particularmente conocido el oráculo de la Pitia aconsejando a Temístocles construir unas “murallas de madera”: la interpretación que dio al dictamen el estratega ateniense, creyendo que habría que combatir a los persas con barcos de guerra, propició las memorables victorias griegas en Salamina y Platea. La sospecha de que Delfos habría estado del lado persa, cayó pronto en el olvido.

La presencia de exvotos espartanos en el santuario délfico durante el siglo V a. C., constituyó el inicio de un nuevo periodo que acababa con el protagonismo ateniense sobre el santuario. El claro apoyo de la Pitia a los espartanos en los momentos previos a la Guerra del Peloponeso (431-404 a. C.) sugiere incluso que Delfos financió directamente la campaña espartana contra Atenas (Scott, 2015, 175).

Santuarios de Grecia y oráculos (Fuente. Wikipedia)

El santuario perdió protagonismo en un mundo cuyos horizontes se ampliaban, y desde el terremoto del año 373 a. C., Delfos mostraba un aspecto dramático con el templo de los Alcmeónidas destruido. La reconstrucción del santuario, fruto de la propia Anfictionía o de distintas ciudades-estado, según los autores, se prolongó hasta el año 310 a. C. en un escenario de luchas internas y conflictos generalizados. La hegemonía de Esparta después de su victoria en la batalla de Egospótamos del año 405 a. C., fue sucedida no mucho después por el auge de distintas ciudades-estado, entre ellas Tebas, que disputó el control de Delfos a los fócidos en la Tercera Guerra Sagrada (356-346 a. C.). La entrada en escena de Filipo II de Macedonia, padre de Alejandro Magno, resultó en la expulsión de los fócidos del santuario délfico, y unos años después, bajo el impulso del orador ateniense Demóstenes, en la alianza de Tebas y Atenas contra Filipo. Pero la batalla de Queronea (338 a. C.) supuso una victoria rotunda de las fuerzas macedonias, elevando a Filipo al dominio de toda Grecia continental.

Tras el asesinato de Filipo y con Alejandro Magno en el poder, Delfos mantuvo una cierta independencia en un mundo donde las monarquías comenzaban a consolidarse como la nueva y más poderosa forma de gobierno. Los etolios, una agrupación tribal del norte de Grecia, lograron hacerse con el control del santuario en el 290 a. C. Años después, Delfos consiguió salvarse de la invasión gala del 279 a. C., y en conmemoración por ello, los etolios construyeron la enorme Estoa Occidental; también se instituyó la celebración de la Sotería, “la salvación”, un festival anual de otoño que imitaba a los Juegos Píticos y que preludiaba la finalización del nuevo estadio en el santuario.

No obstante, bajo el control etolio, el peso internacional de Delfos decreció: ni las monarquías helenísticas ni las ciudades griegas del Mediterráneo occidental ofrendaban en el santuario. La Guerra de los Aliados enfrentó en el año 220 a. C. a los etolios con Filipo V, monarca de Macedonia. Pero Delfos iba a dejar de asistir a los conflictos entre griegos para terminar entregándose al imperio más poderoso de su tiempo: Roma.

El protagonismo de Delfos desaparecería progresivamente en un mundo globalizado donde el Imperio Romano terminó por imponerse: Lucio Emilio Paulo venció a los macedonios en la batalla de Pidna (168 a. C.), y Delfos saludó la victoria como una nueva “liberación”, aunque en realidad el santuario se prestaba al servicio de la nueva potencia imparable que, no mucho después, en el 146 a. C., con la destrucción de Corinto, ponía bajo su control a toda la península helénica.

*

En la segunda parte nos detendremos en la descripción del recinto sagrado de Delfos, sus monumentos votivos y, principalmente, el templo de Apolo. También analizaremos cómo funcionaba el oráculo, los rituales y el papel que jugaban la Pitia y los consultantes.

Bibliografía

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-SCOTT, M. Delfos. Historia del centro del mundo antiguo, Barcelona, Ariel, 2015.
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Acerca de Gonzalo Jauralde

Gonzalo Jauralde Lafont (Madrid, 1986). Graduado en Geografía e Historia (UNED). Interesado en cualquier época histórica, se muestra especialmente atraído por la Antigüedad Clásica, los pueblos prerromanos ibéricos y aquellos aspectos relacionados con la religiosidad, cultura y mentalidad del mediterráneo antiguo. Amante de los libros, en octubre de 2016 inauguró la Librería El Cisne Negro en San Lorenzo de El Escorial, especializada en temática histórica. Asimismo, es autor de obras como Augusto. Príncipe de Roma (2015) y Sincretismo religioso en el norte de Hispania. Romanos, astures y cántabros (2016). Twitter: @gjauralde

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