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Definir Tartessos es uno de los grandes retos de la investigación y solo leer este nombre nos evoca a uno de los grandes misterios históricos de la Antigüedad. Teorías que poco tienen de científicas ayudan a cubrir con un velo de enigmas misteriosos a lo que sea que signifique “Tartessos”, alejando al conocimiento popular del saber riguroso de los historiadores. Y esto solo tiene una solución: la divulgación histórica. Así que vamos a dejar claro qué pasa con Tartessos y por qué tanto revuelo y opiniones distintas.

Sabiendo, como siempre, que todos los temas son complejos de tratar desde el punto de vista del historiador, procuraremos aquí una síntesis que disipe las dudas para comprender lo básico sobre Tartessos. Empecemos por la primera pregunta: ¿qué fue Tartessos? La respuesta más exacta en este verano de 2018 es la siguiente: no tenemos ni idea. Por supuesto, no nos vamos a conformar con una respuesta tan sumamente vaga, sino que nos ponemos en “modo historiador” y nos disponemos a realizar un recorrido a lo largo y ancho de lo que suponen las fuentes y la historiografía que tienen a Tartessos como tema. Lo que viene siendo investigar, vaya.

Quizás la pregunta que goce de mayor consenso entre los historiadores tiene que ver con lo geográfico de Tartessos: ¿dónde situamos Tartessos? La mayoría te diría que en el sudoeste de la Península Ibérica. Al menos el núcleo estaría en el triángulo formado por las actuales provincias de Huelva, Cádiz y Sevilla. Pero no imaginéis una muralla con Tartessos dentro y lo de fuera es otra cosa, la situación es más laxa y compleja.

Mapa para ubicar Tartessos, pero los yacimientos no son del todo correctos.

Maldita tradición literaria

Ya sabéis que, para responder a nuestras dudas, los historiadores solo tenemos un camino: las fuentes. Nos vamos a detener primero en las fuentes escritas, es decir, la tradición literaria que se nos ha conservado y donde podemos leer información sobre Tartessos. Es por estas fuentes por las que somos incapaces de definir con exactitud lo que fue Tartessos. Las primeras menciones de Tartessos son del siglo VII a.C. y, desde entonces, cada autor ha considerado que Tartessos era algo distinto: un río, una ciudad, una región, una cultura, un golfo, una civilización, todo a la vez o nada de esto. Lo que sí queda un poco más claro, como hemos avisado, es el área geográfica en la que las fuentes antiguas sitúan a Tartessos: sea lo que sea, se encontraba más allá de las Columnas de Hércules. Es decir, navegando desde el Mediterráneo, pasando el Estrecho de Gibraltar. Este enclave aparece reflejado en la tradición literaria como un lugar entre maravilloso y terrible. En el Estrecho de Gibraltar los antiguos situaban innumerables mitos y lugares como el acceso al Hades, la morada de los Titanes, el hogar de las terribles Gorgonas y, por supuesto, donde Hércules levantó sus columnas. En la Antigüedad, esta zona tenía un claro simbolismo: representaba el confín del mundo occidental, la última puerta. Las columnas de Hércules separaban el mundo conocido del mundo inexplorado, sólo un héroe se atrevía a morar por aquellas lejanas y misteriosas tierras. Existía el lema de non terrae plus ultra”, es decir, no hay tierra más allá”. Una idea que perduró hasta el Descubrimiento de América, ligado a la historia de Castilla, por lo que el actual escudo de España está flanqueado por las dos columnas de Hércules bajo el lema de plus ultra”, como mensaje de que sí hay un más allá”.

Recreación (errónea) del rey Argantonio con el tesoro de El Carambolo.

Por lo tanto, el occidente del Mediterráneo era un atractivo exótico, al que se atribuían riquezas y leyendas. La misma mentalidad recorrió Europa durante el Descubrimiento de América, con expediciones de aventureros buscando El Dorado y otros mitos en el Nuevo Mundo. Pero tras la mitología había una realidad social y económica que empujaba a los orientales a buscar materias primas en tierras tan lejanas. A medida que griegos y fenicios consiguieron llegar a estos parajes del sur de Iberia, los mitos se fueron suavizando, pero solo suavizando. En el siglo V a.C., Heródoto escribió mencionando a un tal Coleo de Samos, quien aparece como el primer griego que llegó a Tartessos y consiguió volver con enormes riquezas a mediados del siglo VII a.C. También llegarían hasta territorio tartésico los focenses, habitantes de Focea que recibieron ayuda económica de Argantonio, legendario rey de Tartessos que vivió 120 años (claro que sí guapi). Los romanos, en el contexto de la Segunda Guerra Púnica, mencionan Tartessos como algo ya desaparecido, perteneciente al pasado. Y en el cambio de era, algunos autores identifican Tartessos con el río Betis, la ciudad de Gades o Carteia.

Pero sería Rufo Festo Avieno al que le daríamos el premio a la interpretación más cuestionable y polémica de Tartessos. Nos referimos a su obra “Ora Marítima”, escrita en el siglo IV d.C., en la que realiza una descripción de todas las costas europeas combinando materiales con un criterio más literario que científico. Esta obra nos deja, pues, una trampa interpretativa, que ha alimentado la imaginación de los aficionados a la Antigüedad, concretamente a los amantes de misterios como el de Tartessos.

Con este repaso a la tradición literaria obtenemos una primera definición de Tartessos, ya que “en los escritores griegos y romanos existió la idea de que en el suroeste de la Península Ibérica, al oeste del Estrecho de Gibraltar, en un momento que hoy dataríamos entre los siglos VIII y V a.C. existió algo, una entidad política, una ciudad, un río, una región, un pueblo —no hay coincidencia—, que respondería al nombre de Tartessos, que algunos griegos visitaron y conocieron y con la que se sabía que los fenicios habían tenido estrecha relación”, según nos cuenta Manuel Álvarez Martí-Aguilar en “La Antigüedad y sus mitos: narrativas históricas irreverentes”, cuyo capítulo dedicado al tema es una de las mejores lecturas para esclarecer las dudas sobre Tartessos y el auténtico esqueleto del artículo que estás leyendo.

La dificultad de hallar buenas respuestas reside en conocer lo mejor posible las fuentes para no caer en el error de creer todo lo que nos dicen o interpretar de forma errónea lo que escribieron unos autores que estaban más cercano de ser literatos que historiadores. Además de encontrarnos, en todo caso, con fuentes externas, es decir, no tenemos ninguna fuente escrita que podamos estudiar de los propios habitantes de Tartessos: no sabemos con certeza si la llamada lengua tartésica pertenece a Tartessos, aun así, ha dejado muy pocas evidencias y no está descifrada actualmente. Al parecer la Biblia también menciona a Tartessos según algunos investigadores. El nombre recogido en las escrituras es el de Tarsis, y se ha tendido a asimilarlo como otra forma de llamar a Tartessos por las descripciones que acompañan al nombre. Sin embargo, tampoco sabemos dónde se situaría esta Tarsis bíblica, cada cual lo ha puesto donde mejor le convenía en su momento, cada vez más lejos. La falta de conocimiento y tomarse a la ligera la compleja investigación de la historia antigua es lo que lleva a errores de los que no se libra ni Colón, quien dijo que había llegado a Tarsis cuando arribó en la isla La Española durante su llegada a América; o el malentendido que hizo al Papa Benedicto XVI decir que los Reyes Magos eran andaluces.

Por tanto, lo que nos dicen las fuentes antiguas no nos cuadra ni está claro, ¿qué es lo que contamos entonces de Tartessos? Toda la tradición literaria ha servido para construir imágenes idealizadas de Tartessos. A todos nos gusta tener un pasado maravilloso y grandilocuente, pero normalmente la historia tiende a mostrar un paso del tiempo más natural, vulgar y lleno de matices, así que muchos no dudan en inventarse su propio pasado sublime. Y para este fin, Tartessos da mucho juego. Dicho esto, es curioso pensar cómo nos avergonzamos de las grandezas reales de la historia y nos enorgullecemos de los inventos y falsedades. Es algo característicos de españoles sentirse mal por haber introducido a América en el circuito mundial debido a todo lo malo que conllevó el Descubrimiento y, en cambio, sentirse orgullosos de ser la “civilización más antigua de Occidente” aun siendo mentira. Todavía hay gente que dice “los fenicios nos trajeron la escritura”, “los romanos nos invadieron”, incluso propuse un reto en Twitter para ver quién era capaz de definir Tartessos en un twit y la primera respuesta fue: “De los primeros pueblos españoles, sino el primero, de los que hay una referencia escrita. Están en El Llanto por la Caída de Tiro. En el Antiguo Testamento.” Y aquí no existe un “nosotros”, ni un “ellos” y, por supuesto, es una falacia demente hablar de españoles en el siglo VII a.C. Esto es Historia, no debemos vernos dentro de ningún grupo, recuerda que perseguimos la objetividad.

 

Maldito Schulten

Por supuesto, no hay un solo culpable de que la mayoría de gente tenga una imagen errónea de lo que fue Tartessos. Se dieron una serie de circunstancias dentro de un contexto que favoreció la difusión de una mala explicación para un misterio que se pretendía resolver, cuyas consecuencias seguimos sufriendo hoy en día. Pero este cúmulo de desdichas para la investigación tuvo un claro protagonista que empujó la difusión de una mentira entre el gran público: Adolf Schulten, cuyo éxito, por desgracia, llegó bajo el paraguas del “efecto Schliemann”.

Heinrich Schliemann. Todo un galán, la envidia de Indiana Jones.

Heinrich Schliemann fue un millonario alemán aficionado a la arqueología. Este señor echó mano a los poemas de Homero y se dispuso, tan solo leyendo la Ilíada y la Odisea, encontrar la ciudad de Troya. Pues el tío la encontró en 1871, pim pam pum toma Lacasitos. No solo Troya, sino que también Micenas y Tirinto, lo cual supuso un enorme impacto en la Europa culta del momento. Con este precedente, Adolf Schulten quiso emular a su compatriota Schliemann, tomando a Avieno como su Homero particular, y la Ora Marítima como sus poemas homéricos que le llevarían a encontrar Tartessos y su pasado esplendoroso. Al parecer, Adolf Schulten tuvo una “revelación” por la que intuyó la existencia de un gran imperio: Tartessos, y fruto de su “investigación” publicó su libro “Tartessos. Contribución a la historia más antigua de Occidente”, que vio la luz durante 1922 en Alemania y en 1924 llegó traducido a España. Para que os hagáis una idea, la obra de Schulten la tengo colocada en el estante de novelas históricas de mi modesta biblioteca personal, ya que está más cerca en género a este tipo de ficciones con afán histórico, que a un texto de investigación propio de un historiador.

Adolf Schulten posando para el Instagram.

Hay que entender el contexto del duro presente que vivían por entonces: habían sufrido la Gran Guerra y se daban numerosos conflictos sociales. Pero, además, en el mismo 1922 Howard Carter descubrió la tumba intacta de Tutankhamón en el Valle de los Reyes de Egipto, despertando un interés por la arqueología y los misterios como la Atlántida o Tartessos. Necesitaban evadirse del inquietante presente, y de aquí nació un gran gusto por lo exótico y evocador. Esta situación unida al toque patriótico, tan avivado por entonces, es lo que hizo triunfar en España la publicación de Schulten acerca de Tartessos. Con todo, estimados lectores, no os creáis seres evolucionados viviendo en una sociedad que ha superado estos estigmas del pasado, ya que hoy día sigue existiendo una importante industria de contenidos en torno a la Historia tomada como la investigación de enigmas, misterios y secretos que, por desgracia, vende mucho más de lo que nos gustaría a los que vivimos con un criterio más riguroso.

Adolf Schulten excavó en el Coto de Doñana y, para su desesperación, no encontró más que un poblado romano de pescadores. Entre los hallazgos del poblado apareció un anillo con una inscripción, y el majo de Schulten pensó que perteneció a un príncipe tartésico, lo que demostraría de sobra la espléndida ciudad que él buscaba. Ala, y tan pancho. A pesar de no haber encontrado nada, hoy día se le sigue reconociendo el mérito de sacar a la luz la existencia de la civilización tartésica, cuando lo idóneo sería aborrecer esta vigencia y hacer lo posible por erradicar la imagen errónea de Tartessos que inventó Schulten.

Adolf Schulten y su anillo. Dibujo de Juan Carlos Alonso, publicado en su libro “Tartessos, ocaso de un dia y una noche”

Maldito Carambolo

Llegó el primer hallazgo arqueológico tartésico de verdad; o eso creían. En 1958 Juan de Mata Carriazo estudió el yacimiento de El Carambolo y su famoso tesoro de 21 piezas de oro. Carriazo era un investigador interesado en Tartessos y quizás su entusiasmo pesó más que los argumentos no tan claros con los que defendía que El Carambolo era el primer hallazgo tartésico. Carriazo veía un carácter indígena en el tesoro y, por tanto, debió pertenecer a Tartessos. Con este descubrimiento, de nuevo exótico y maravilloso, hubo una explosión de excavaciones buscando restos tartésicos, de los que destaca la cerámica. Así, se procuró cuadrar la cronología de Tartessos en el suroeste peninsular, surgiendo una nueva definición para Tartessos: en el suroeste de la Península Ibérica, a finales de la Edad del Bronce, las poblaciones locales recibieron la llegada de navegantes y comerciantes venidos del oriente Mediterráneo en una etapa “precolonial” basada solo en contactos comerciales. Sería alrededor del 1000 a.C. cuando los fenicios fundaron Gadir y otras factorías comerciales en las costas, siendo los primeros asentamientos efectivos. Estos fenicios aportaron a los tartesios avances como el uso del hierro y el torno alfarero y entre ellos se generó un comercio e intercambios de oro, plata y estaño de tartesios a fenicios, y joyas, muebles, vajillas, vinos, ungüentos de lujo, etc. de manos fenicias a tartesias. Debido a este contacto, entre los siglos VII y VI a.C. Tartessos vivió un momento de esplendor gracias a la “aculturación” que llevó a una vida más evolucionada a los tartesios. El final de Tartessos se le seguía atribuyendo, igual que Schulten, a Cartago, que con un afán imperialista tomaría el control de Tartessos con el fin de monopolizar el comercio de metales del Mediterráneo occidental (Álvarez, 2010: 85-86).

Tesoro de El Carambolo. Museo Arqueológico de Sevilla.

En 1968 Juan Maluquer de Motes organizó un congreso en Jerez de la Frontera sobre “Tartessos y sus problemas”, considerado un hito que marca una nueva etapa en la que el protagonismo lo tiene la arqueología y no los textos literarios. Y en esta fase seguimos. Desde este punto de vista, a comienzos de los ochenta surgió otra definición de Tartessos: “cultura indígena del Bronce Final que, tras la llegada de los fenicios, experimentó un proceso de “orientalización” y que era identificable arqueológicamente a través de unos determinados tipos de cerámica característicos” (Álvarez, 2010: 87).

 

Maldita nueva generación

Desde finales de los setenta se fue fraguando una generación de jóvenes investigadores que pusieron en duda la explicación que se daba sobre Tartessos hasta el momento. A éstos, más que definir la “cultura tartésica”, les interesaba explicar el “proceso histórico”: economía, sociedad, política, religión y sus cambios. Sí, amigos, sumamos otra definición basada en este nuevo enfoque, pero resulta de mucho interés, ya que se trata de la definición que más se suele utilizar hoy entre muchos historiadores. Sin embargo, ya veremos que tienen la tarea pendiente de actualizarse todos los que siguen manteniendo la siguiente idea: durante el Bronce Final en el Valle del Guadalquivir y zona de Huelva había comunidades con una economía agropecuaria y un comercio a pequeña escala, que presentaban una estructura social jerarquizada en base a virtudes guerreras o por rango de edad. Estos indígenas acabaron transformando sus estructuras debido al contacto con los fenicios establecidos en colonias. El comercio con los fenicios habría creado mayor desigualdad social y propició que las élites locales en la península fomentaran la extracción de metales para satisfacer sus demandas económicas. Así, los metales (plata fundamentalmente) viajaban a Fenicia y a cambio las clases altas indígenas recibían productos exóticos y objetos de lujo cuya posesión reforzaba aún más su estatus de poder. Esta idea rompía con la imagen del “esplendor de Tartessos”, y daba la importancia a una elevación socioeconómica solo de un sector minoritario de la comunidad. Por ello, la aculturación más clara la recibieron las élites indígenas, y no todo el conjunto de la comunidad tartésica (Álvarez, 2010: 88-89).

 

Maldita actualidad

Se siguen revisando y reinterpretando estudios sobre Tartessos, de los que las mayores novedades vienen en referencia al poblamiento fenicio en el extremo Occidente. Antes se pensaba que los fenicios solo habían fundado Gadir más allá del Estrecho, pero hoy día sabemos que hay muchos más asentamientos fenicios desde la costa portuguesa a la murciana. El Castillo de Doña Blanca (El Puerto de Santa María, Cádiz) antes se tomaba por un yacimiento indígena, pero actualmente es considerado fenicio. Lo que antes se definía y nombraba como “aculturación”, hoy es directamente fenicio. Y el caso más rompedor lo ejemplifica El Carambolo, hasta ahora el buque insignia de Tartessos, tomado como asentamiento indígena; las últimas excavaciones y su estudio apuntan a un complejo de templos fenicios, nada de indígenas.

Así que una nueva hipótesis pretende acabar con la tradición de la investigación sobre Tartessos cargada de un fuerte enfoque “autoctonista”. Es decir, siempre se ha creído que los tartesios eran los indígenas del suroeste peninsular que reciben influencias orientales; en cambio, este nuevo enfoque agrega las comunidades fenicias asentadas en este territorio al concepto de Tartessos.

Lean a José Luis Escacena: «Nosotros somos los fenicios, somos descendientes tanto de ellos como de los tartessios»

Maldita conclusión

Hablando claro: “lo tartésico” no es solo indígena, sino también fenicio y no solo por influencia, sino por asentamientos directos de los propios fenicios y, sin lo fenicio, no existe Tartessos. Hay una distancia enorme entre los conocimientos de los historiadores y la imagen errónea que sobrevive en medios de comunicación, instituciones oficiales y, por ende, en la mayoría de las personas que se molestan en conocer algo de historia. Y esta desinformación, una vez más, es fruto de la falta de divulgación de calidad por parte de los historiadores profesionales, quienes tenemos la tarea de ofrecer un producto más accesible para poner en conocimiento del gran público qué ocurre con las últimas investigaciones, a fin de que llegue el día que dejemos de leer ideas fallidas como “imperio tartésico”, “civilización tartésica”, la “enigmática Tartessos”, identificada con la Atlántida, o “la civilización más antigua de Occidente”. Todo esto, en base a los últimos estudios, está mal y, en mi opinión, resulta mucho más interesante el estudio de Tartessos desde el enfoque riguroso, que a través del velo de fantasías y enigmas.

Este ha sido mi granito de arena para divulgar lo riguroso y despejar las dudas erróneas sobre Tartessos, ahora te toca a ti comentárselo al que tengas a tu lado.